All Rise es el nuevo disco del pianista tejano dedicado a la gran gloria de Harlem
Sólo viendo a Fats Waller cantando y
dibujando en la pianola del café de la noche aquella canción, Ain't
Misbehavin (Stormy Weather, el
cine de 1943), uno
puede entender cómo esa sensación mezclada de alegría, armonía y
liberación podía tener la potestad de cambiarte la vida y mutarla
inmediatamente en sueños y fantasías: arrojarte en picado a la
vorágine de la música y las despreocupaciones, sin más.
Thomas Waller, el gordito equilibrista de la ginebra y el humor, tenía esa facultad como su compañero generacional Louis Armstrong, ambos maestros ostentosos del mejor jazz que se haya disfrutado jamás, he dicho `disfrutado` en la máxima extensión y significado de la palabra. Fats Waller utilizaba el piano como una prolongación de sus cejas, siempre abiertas a la sorpresa, al chiste, al piropo y a la formidable batalla del swing más vaporoso.
Thomas Waller, el gordito equilibrista de la ginebra y el humor, tenía esa facultad como su compañero generacional Louis Armstrong, ambos maestros ostentosos del mejor jazz que se haya disfrutado jamás, he dicho `disfrutado` en la máxima extensión y significado de la palabra. Fats Waller utilizaba el piano como una prolongación de sus cejas, siempre abiertas a la sorpresa, al chiste, al piropo y a la formidable batalla del swing más vaporoso.
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Fats Waller |
Al mafioso Al Capone, de
Chicago, le gustaba el rollo que se llevaba Waller con la gente,
utilizando otro tipo de munición que no fuera su querido subfusil
Thompson: Un piano.
Fats Waller estuvo escondido toda una noche en una cloaca huyendo de los hombres de Al Capone que habían ido a buscarle al local de Chicago donde descargaba sus chirigotas. A la segunda andanada del pope de la mafia no se escapó: uno de aquellos pillos le puso una pistola en su oronda tripa y fue invitado a acompañarles a otro local nocturno donde esperaba el jefe del hampa. Fats Waller siguió tocando en exclusiva para Al Capone durante un tiempo. Dice la leyenda que aquellos días tampoco dejó de sonreír. Increíblemente, Thomas Waller murió de neumonía el mismo año que rodó la inolvidable película Stormy Weather, en 1943, a la tempranísima edad de 39 años. Viéndole faenar en aquel café de película, con Lena Horne, Bill Robinson, Cab Calloway o los hermanos Nicholas cuesta trabajo creer que muriera ése mismo año.
Fats Waller estuvo escondido toda una noche en una cloaca huyendo de los hombres de Al Capone que habían ido a buscarle al local de Chicago donde descargaba sus chirigotas. A la segunda andanada del pope de la mafia no se escapó: uno de aquellos pillos le puso una pistola en su oronda tripa y fue invitado a acompañarles a otro local nocturno donde esperaba el jefe del hampa. Fats Waller siguió tocando en exclusiva para Al Capone durante un tiempo. Dice la leyenda que aquellos días tampoco dejó de sonreír. Increíblemente, Thomas Waller murió de neumonía el mismo año que rodó la inolvidable película Stormy Weather, en 1943, a la tempranísima edad de 39 años. Viéndole faenar en aquel café de película, con Lena Horne, Bill Robinson, Cab Calloway o los hermanos Nicholas cuesta trabajo creer que muriera ése mismo año.
LA OFERTA
Es el asunto que nos ocupa que al joven
pianista tejano de 40 años Jason Moran, distinguible por su
extremada querencia al virtuosismo, a la experimentación y a no
darle nunca la espalda a nada que signifique riesgo y nuevas
emociones le solicitaron el pasado año a través de la fundación
Harlem Stage un caramelo de frambuesa difícil de rechazar..., un
homenaje a la memoria del gran bufón del swing, Mr. Waller, el
excelso e irreprochable pianista Thomas Fats Waller, donde no
debiera de faltar ni una de sus mejores composiciones o temas
utilizados en su extremada y corta carrera. Un marroncillo con
lecturas desviadas que grabaría y editaría Blue Note, sello
discográfico conocido, ya se sabe, como la biblia en pasta del jazz.
Bien, hay que decir cuanto antes que no
fue casual la elección de Jason Moran como protagonista de ése
merecido homenaje al gran Waller. Sin, por supuesto, abrir ningún
tipo de comparación con nuestro héroe de entreguerras a Jason Moran
le une con la historia del mítico pianista un sentido del humor
cristalino que exhibe sin fisuras en las presentaciones de sus shows
y, ya lo hemos dicho, una sangre fría extraordinaria para meterse en
berenjenales importantes como sus acercamientos demoledores al free
jazz o a homenajear igualmente a otra leyendas como Thelonious Monk o
Jimi Hendrix en Ten (2010), uno de sus álbumes más
celebrados, más trabajados y más arriesgados.
JUGUEMOS CON
FATS WALLER
All Rise (2014),
el disco en cuestión, es, porqué no decirlo sin tapujos, una
virguería, un trabajo de encargo al que Moran ha llegado a cubrir de
lazos multicolores en el empaquetado final, resultando una
encantadora y Alegre elegía para Fast Waller, como
ha querido subtitularlo, cabalgando al final de la grabación en una
suerte de emulación adaptada al siglo XXI de lo que pudo ser otra de
las múltiples juergas exhibidas por Fats Waller allá por los años
treinta en el clásico Sheik of Araby/ I found a new baby:
“Fats Waller era un provocador especial, como un actual MC”,
apunta Jason Moran, “siempre me ha sorprendido que Waller, tocara
el piano, cantara y mantuviera un comentario corriente de lo que
sucedía a su alrededor, todo al mismo tiempo”.
Le
pone Waller al joven artista. Moran ha querido rodearse, como
acostumbra, de figuras descollantes del nuevo jazz, ése que dibujan
los zagales aplicados a las nuevas tecnologías y sonidos como por
ejemplo Casey Benjamin el saxofonista y vocalista, experto en la
utilización del viejo y renovado Vocoder en los directos, así como
el batería Charles Haynes, el trompetista Leron Thomas o el invitado
de lujo Steve Lehman, un saxofonista de nueva escuela que ya va dando
codazos en reconocimientos y protagonismos. Vamos, parte del universo
Robert Glasper al que Moran se ha acercado alguna vez en directos y
grabaciones, como echándose ambos pulsos pianisticos por cual de los
dos es más moderno y arriesgado.
Pero sobre todo, el alma de este
disco viene a ser, con Jason Moran claro, la exquisitez hecha voz,
contrabajo y mujer de Meshell Ndegeocello, (¡babbbara!) a la que
modestamente yo pediría que retomara su nombre original, Michelle
Lynn Johnson o algo parecido, a fin de facilitarnos la labor a
quienes somos admiradores y gustamos hablar de sus virtudes
expresivas, de su ya extensa obra y nos atrancamos cada vez que la
nombramos. Meshell sube un peldaño más la intensidad y diferencia
con que Moran ha querido provocar a su vez la imagen de Waller contribuyendo definitivamente el pianista a la propuesta de nuevo cuño que plantea el viejo repertorio de Fats, acariciando
continuamente el piano eléctrico y aparcando deliberadamente el
acústico para momentos muy puntuales. Desde luego, esta obra no es admisible,
imagino, para algunos puristas, pero yo lo veo de otra forma entiendo
que más rica: A partir de ahora hay otro puñado de versiones de
aquellas glorias evocadoras (fíjate Honeysuckle Rose,
Handful of Keys, Jiterburg Waltz
o la misma Ain´t Misbehavin)
que igualmente pueden acariciar los oídos y recibirlas como nuevos
mensajes galácticos que nos regala el tiempo, casi un siglo después
de haberse creado. Sólo puedo decir que el disco, All
Rise, que por cierto produce Don
Was y grabó y mezcló Bob Power (acordarsen de A Tribe Called Quest)
es una barbaridad y también que adoraré de por vida a Mr. Waller.
Publicado el Jueves, 5 de febrero de 2015 en mas24, suplemento cultural del diario digital Asturias24.
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