6.12.17

Historia de Jazzalbacete. Edición 1988


Vientos de otoño.

diseño Hermanos García Jimenez
De otoños tristes, porque éste año empezó a cundir la desatención y el abandono a su suerte a los ayuntamientos e instituciones que no tuvieran una clara vocación del espectáculo de jazz y en Albacete, salvo los primeros e ilusionados concejales ya mencionados más de una vez, José María López Ariza y Rosa Garijo, sus sustitutos políticos no demostraron nunca ninguna actitud favorable a la organización anual de un festival de jazz. Se podría decir que los últimos habían sido organizados por la tropa de cuartel, aquellos que dedicamos tiempo e ilusión en su celebración, entre los que cabía destacar al pequeño pero efectivo equipo de funcionarios municipales adscritos a la concejalía de cultura y festejos. Y claro, también a la ayuda que el municipio recibía del Ministerio de Cultura a través de otro gran personaje hacedor de acontecimientos y milagros como Javier Estrella, también mencionado en esta nuestra historia de festivales. Pero resulta que a Javier se le estaba apagando su estrella en el ministerio y en el verano de 1989 dejó la asesoría y el cargo por lo que algunos ayuntamientos que habían mendigado el mínimo apoyo económico quedaron absolutamente desprotegidos del Ministerio de Cultura y por tanto abandonados a la suerte presupuestaria de cada municipio. En Albacete, a casi la nada en 1989 y a la nada absoluta y la negación tajante de continuar en 1990 (“siempre van los mismos” y bla, bla, bla...).

Phil Woods
Aún así, la muestra de 1988 salvó los muebles (último año de Javier Estrella en el Ministerio) con una luminosa y siempre efectiva reaparición bluesera llegada de Chicago, el guitarrista Jimmy Fast Fingers Dawkins y dos poderosos vientos, afamados, con tendencia continua a visitar Europa cada otoño, como Scott Hamilton y el siempre respetado saxo alto Phil Woods, otro histórico para el canasto albaceteño.


Jimmy Dawkins
Jimmy Dawkins hizo los deberes tradicionales del guitarrista sureño, de Mississipi, y marchó pronto al norte, a Chicago. Desde luego no estoy seguro que militara en la insegura tropa aventurera del hobo, aquellos hombres sin hogar ni recursos, que recorrían el país de punta a punta sobre los troncos madereros del ferrocarril, jugándose el pellejo y pernoctando en improvisados campamentos. En torno a ellos se creó toda una mitología popular. Desde luego Dawkins tenía todas las papeletas para cumplir la vieja leyenda y desde muy joven comenzó a hacerse un hueco en los locales especializados de Chicago. Lo vimos cuando acababa de presentar su álbum All the Blues, otra extrema declaración de intenciones. Llegó con su cuadrilla compuesta por Kith Scott, a la otra guitarra, Silvester Boynes al bajo y Ray Scott a la batería. Cuando ya todos estábamos moviendo el trasero sobre las butacas aparecieron por arte de birlibirloque la vocalista Nora Jean Wallace y aquella maquina de atacar el blues a guitarrazos llamado Luther Johnson Jr, así nos lo presentó Dawkins sin precisar cual de los tres Luther Johnson Jr que han pululado por el planeta blues era aquel prodigio. Como siempre que se ha hablado de blues moreno en Albacete el público lo disfrutó de lo lindo.

Scott Hamilton
La segunda fecha, la del jueves 10 de noviembre, fue reservada a un purista del jazz clásico, el acústico, el de entresiglos, el de Coleman Hawkins, Lester Young, Ben Webster o Don Byas, o sea Scott Hamilton, también un empollón jazzístico desde muy joven gracias a la extraordinaria colección de discos que manejaba su padre y decidirse finalmente a los diecisiete años por el saxo tenor. Llegó a Albacete acompañando al álbum A Sound Investiment, prácticamente con la misma formación del disco: Chris Flory, a la guitarra, una guitarra de las que se acarician, al más fino estilo Kenny Burrell; John Bunch al piano, Phil Flanagan al contrabajo y la batería de Chuck Riggs. Ya se hablaba en los ambientes nacionales e internacionales de su desatada carrera hacia el estrellato y lo confirmó entre nosotros con un exquisito concierto y posteriormente con una amplia y rica discografía. Recientemente (2017) ha presentado The Shadow of your smile, el standard de lujo que suelen interpretar los profesores del género cuando quieren mostrar los secretos del swing. Precisamente fue lo que hizo Hamilton aquella noche en Albacete, regalarnos los oídos con una pléyade de temas conocidos para que todos saliéramos con la sonrisa de oreja a oreja.

Phil Woods
Para finalizar la edición, el sábado 12 de noviembre contamos con la presencia de uno de los grandes, Phil Woods, adscrito al mejor bebop, como algún crítico le definió una vez: “el más apasionado hijo de Charlie Parker” (se llegó a casar con la antigua esposa del “pájaro”, Chan). Un quinteto Auténtico en el más amplio sentido de la palabra. Poseedor de varios Grammys y del título de mejor saxo alto del orbe durante muchos años seguidos llegó a nuestra ciudad con la aureola de la gran banda del 88: Woods a los pitos (Saxo alto, clarinete y soprano) con Tom Harrell a la trompeta, Hal Galper al piano, Steve Gilmore al bajo y Bill Goodwin a la batería. Un quinteto universal, una lección magistral que duró un par de horas, donde atacó parte de la extraordinaria producción que había cosechado a lo largo de los dos últimos años, nada menos que ¡once álbumes!, once vinilos sí, entre los que se contaba una aparición junto a Dizzy Gillespie en DG meets Phil Woods Quintet y otra metiendo caña al disco Salsa meets Jazz de Tito Puente, además de significados acompañamientos al guitarrista Steve Miller (no confundir con el rockero) en Born 2B Blue; con Stephane Grapelli en Bop Stew; con Stephanie Nakasian en Comin´Alive o Clark Terry en Squeeze me..., en fin una obra inmensa en el tiempo que fue de 1987 a 1989. Con semejante repertorio nadie se distrajo teniendo en cuenta que tal proliferación de obra había sido una constante en su vida: Su discografía en volúmenes no ha sido superada por ningún músico de jazz. Una visita inolvidable. Un recuerdo añorado. Otra estrella para la memoria.

Phil Woods, falleció el 29 de septiembre de 2015 en Pensilvania a la edad de 83 años
Jimmy Dawkins, falleció el 10 de abril de 2013 en Chicago a la edad de 73 años

21.11.17

No diga Jazz, diga Black American Music

El trompetista Nicholas Payton abre las compuertas del viejo concepto en Afro-Caribbean Mixtape



     Ya lo habían afirmado muchos otros antes, Miles Davis, por ejemplo, o Duke Ellington, Art Blakey, Dizzy Gillespie, Max Roach...pero, al parecer, hay que recordarlo periódica, cíclicamente, cada vez que algún músico negro alumbra un nuevo ingenio, una nueva criatura de vinilo que rompe los moldes acomodados  en la escena, en los estudios de grabación: el jazz, lo que comúnmente conocemos como jazz desde hace un siglo, es en realidad la Black American Music, o sea: el reconocimiento universal de quién creó la música americana del siglo XX.

    Ahora ha vuelto a ocurrir con el ejemplar de Nicholas Payton, Afro-Caribbean Mixtape, para mi, sinceramente, el álbum del año, la selección de sonidos y sensaciones más profundas, ricas, elegantes, bellas, selváticas, tutoriales, que he escuchado a lo largo de los últimos meses; un muestrario amplísimo reforzado en dos discos. Afro-Caribbean Mixtape es oro puro reposando, balanceándose, en una hamaca a pie del Serengueti. Una caricia y en realidad poco menos que un severo tratado de critica a la música que nos ha hecho felices a muchos durante toda nuestra vida. “Mi trabajo político más abierto hasta la fecha”, dice el autor, “He encontrado una manera de poner muchas de las cosas de las que he hablado, socialmente, en la música de este doble álbum”. La eterna discusión entre la verdadera naturaleza del jazz, incluso la misma supervivencia del género: “El punto no es si se llama jazz o no. El punto siempre ha sido para mi reconocer y reconocer quién creó la música”, afirma Payton.

     El trompetista, director, arreglador, productor, Nicholas Payton, combina en esta obra música y parloteo, charla teórica que suena en distintas aportaciones vocales a lo largo de algunos temas sirviendo al mismo tiempo de homenajes a algunos de los héroes del jazz. Payton es músico consumado, un activista confesado que ha tocado con los grandes, Ray Charles, Dr. John, Elvin Jones y Ray Brown o Herbie Hancock (a quién dedicó su álbum del 97 Fingerpainting: The Music of Herbie Hancock), Wynton Marsalis o Wayne Shorter. Con todos ellos aprovechaba para largar, para adoctrinar, para divulgar su religión: "Estuve cerca de cinco años adelantado a mi tiempo, antes del movimiento Black Lives Matter", dice Payton. "Así que hace cinco o seis años, estaba discutiendo cosas que estaban creando bastante controversia, no solo para los que no eran negros, sino también para la comunidad negra. Rechazaron mucho de lo que estaba diciendo. Ahora todos hablan sobre la raza y la opresión a diario. No es que esas cosas no estuvieran ocurriendo en ese momento", agrega Payton mientras con su mano derecha maneja la trompeta apoyada en un artilugio metálico construido had-hoc para el músico y con la otra desliza sus dedos sobre el Fender Rhodes que entona en ése instante poco menos que una Pastoral.

En Afro-Caribbean Mixtape se escucha armonioso el teclado de Kevin Hays. Se le oye bajo un palmeral de la República Dominicana, a la sombra del árbol leñoso del Mango o acariciando el oído del cocotero, como si  lo golpeara, lo manoseara Daniel Sadownik, el habilidoso perscusionista que durante los dos discos abre la lata de África, la madre de todas las batallas. Payton guarda silencios estratégicos, mientras en primer plano resuenan las voces evocadoras de Miles Davis, de Art Blakey, del Dr. Greg Ximathi... "Aquellos esclavos de África a los que no se les permitió hablar su lengua, desarrollaron un nuevo idioma en clave de blues y canciones de trabajo, etc.", dice el profesor. Luego el autor aparca el piano y retoma la trompeta para soplar, a veces como un niño, las más como un maestro: "La música es un salvavidas de aquellos que fueron oprimidos", remata. En el viaje de sensaciones todos visitan la flor de piedra de Jobim en Bamboula (a mi me lo parece) y hasta me remonto a la versión de Carlos Santana en el Caravanserai del 72. Una gozada sin limites que aterriza deslizándose suavemente en Jazz is a Four Letter Word, donde Nicholas Payton plantea la discordia:  sólo es eso, una palabra de cuatro letras, ni más ni menos, viene a decir... qué pasada..., porque el tema es absolutamente perfecto, para canturrearlo todo el año. Entre corte y corte aparecen el bajista Vicente Archer, inmenso; el batería Joe Dyson en un solo interminable; la dj Lady Fingaz, el exotismo y el hechizo en una misma bandeja; Blake Leyh en las cuerdas, intermitentes, bellas, relajantes, poderosas y las congas de Weedie Braimah en La Guajira, representación palpable de las primeras islas que vieron en América aquellos esclavos robados de sus madrigueras.



Música. Música de muchos quilates. Negra, claro, aunque como hombre blanco que me precio mi opinión es que es jazz, un jazz básicamente ligado a la experiencia de la música negra que celebra ésta Mixtape afrocaribeña de Nicholas Payton.

13.11.17

James Carter vuelve en maestro


     Desde que llegó a Albacete en 2003, aquel año de Chic Corea y la Big Band de Ramón Cardo, James Carter ha subido, si ya entonces no era suficiente, varios peldaños en su valoración internacional. Llegaba aquel año al recién estrenado Teatro Circo con dos volúmenes recientes, brutales, esenciales en su discografía y en la del propio jazz contemporáneo: Layin´in the Cut y Chasin´ the Gipsy (aquí nada menos que acompañado del exagerado eclecticismo del guitarrista neoyorquino Marc Ribot). Dos manualidades discográficas de escuela, de la mejor escuela clásica pero también  de la mejor academia heterodoxa: blanco y negro, funk y soul, acústico y eléctrico. Ya entonces nos dejó a cuadros, boquiabiertos. Luego hemos seguido su singladura y el tipo se acentuó en el absoluto dominio del all-sax: alto, bajo, barítono, soprano, tenor, sopranino, en definitiva todo lo que valga para soplar pero también de la guitarra, los teclados, la viola, con especial entusiasmo por cambiar algunos de esos sonidos tradicionales con la utilización del pedal eléctrico. Un bárbaro del jazz. Un visionario. Un maestro, ahora en su versión adulta de cuarenta y ocho añitos.

     En esta gira europea sigue tirando del prestigio y la confianza de su teclista de alcoba, el organista Gerard Gibbs, con quien ha formado una dupla resistente a las tormentas y los vaivenes pasajeros de gustos e influencias. “A mi lo que me gusta es estar cómodo en escena, sin complicarme la vida en estilos y modas”, dice y entonces revienta la caña de su instrumento como lo hacía Sun Ra en el Art Ensemble of Chicago, crédito que le viene de su relación inicial nada menos que con Lester Bowie, aunque también probó el magisterio de Winton Marsalis. En sus últimos conciertos y discos Gibbs ha disfrutado de partes honoríficas, creando ambientes, atmósferas donde los armónicos del saxofonista y algunos de sus resoplidos trasladan el show a terrenos inexplorados en el género. Es esa la parte que más nos llena del músico de Chicago, su extraordinario dominio del tiempo y su oportunidad de administrarlo con la sorpresa o la emoción.

James Carter viene a Albacete con una lección magistral en la maleta. Que toque algún tema de Stevie Wonder, Madeleine Peyroux, Eddie Harris, un dixieland garrasposo de los años veinte o alguno de esos bofetones funkies a los que nos tiene acostumbrados es propio del que busca la comodidad en el escenario, el homenaje al espectador, el arrumaco a los puristas, el cucamonas al que ha adquirido sus dieciocho álbumes personales, sin contar las mil y una colaboración en algunas de las mejores obras de arte del género, como aquella irrupción en escena en la película de Robert Altman, Kansas City, donde también escribió alguno de los números en escena. O aquella participación imposible en el disco del batería de los Cream, el “peligroso pelirrojo” Ginger Baker (ver STONE) Coward of the County (1999), otra de sus soberbias lecciones de vientos.

Si aún estás a tiempo de sacarte un billete para la gloria y otro para el disfrute personal, no te lo pienses ni un segundo: acercate el viernes, a las 21,00h. al Teatro Circo. Estos tipos sólo pasan por Albacete una vez cada trece años.

JAZZALBACETE
Teatro Circo. Viernes, 17 de noviembre. 21,00h.
James Carter, saxos de todos los tamaños y colores
Gerard Gibbs, organista
Ralph Armstrong, bajo
Alex White, batería




10.8.17

El Tesoro de Lodares. 30 años de pop albaceteño. El Libro





A Lola, a Mónica y Eduardo,
la mejor banda que jamás haya visto en directo


A mis tíos Miles y Jimi


Lector, pasa sin llamar y sin cuidado; que no te sea extraño este recinto de música proyectado por el autor como la traza del pasaje de Lodares, el edificio de nuestro siglo (del mío), un trasvase urbano que echa a las gentes de la calle Mayor a la del Tinte y al revés. Discurriendo bajo su acristalada bóveda, Juan Ángel instaló en ella la galería de músicos, de canciones y de bailes que aquí se presenta. Un tesoro. Pasaje de Lodares.
Nos ha unido la radio; su mesa como una gran pradera de papeles y discos en la que charlar antes de compartir el micrófono varias veces por semana: días de gala en los que tengo el gusto -podría decir- de seguir aprendiendo de él.
Por su voluntad, y mi obediencia, mi nombre y estas palabras descorren las cortinas de este pasaje.

José Antonio Tendero



El autor desea agradecer expresamente la colaboración prestada por

Luis Arteaga, Jesús Castillo, Antonio Cordón, Antonio Cuesta, José Luis Lomas Faema,
José Ángel López Salcedo, Isidro Martínez. Leopoldo Martínez, Leopoldo Martínez
 Cebrián, Adrián Navarro, Miguel Núñez, Casimiro Ortega, José Robles, Juan Rosa,
 Luis Sánchez Pingarrón, Andrés Serrano, Juan Siquier e Ignacio Valero.

Colección Ensayo
Primera edición: 1993
Ediciones de la Diputación Provincial de Albacete
Director: Andrés Gómez Flores
Diseño y maquetación: Candelario G. Flores
Copyright Juan Ángel Fernández
Copyright Editado por la Diputación Provincial de Albacete
Impresión original: Gráficas Campollano
I.S.B.N.: 84-86919-61-4
Depósito Legal: AB-179/93
Impreso en España

9.8.17

El Brillo de los Días




California en los sueños, vitaminas vigorizantes ante la vulgaridad y ninguneo del país valenciano. Alfonso G. Ródenas disfruta cada mañana con el brillo de Malibú Canyon y lo cuenta porque puede hacerlo. Ry Cooder, Ben Vaughn, Mark Olson son sus testigos y hay algo de alegría patria en el regocijo de sus paisanos albaceteños ahora. Exactamente igual cuando aquel librero de Boston preguntaba entusiasmado el porqué de una fotografía que me hice junto a un cómic de Sergio Bleda que estaba en la estantería: “Es amigo mío”, le dije. Entonces el librero americano me confesó su devoción por el manchego.
A Antonio Naharro le conocí en Abycine, presentaba su premiada película Yo también. Ahora no me extraña lo que le ocurra: es una de las mejores personas artistas que he conocido y gente así debe llamar a las puertas del cielo. Con Chema López, admirable su obra, me une el blues (lo cuento) y algo que yo desconocía y que suele ocurrir mucho en Albacete: ¿y tu de quién eres?, resultó ser de gente cercana, de gente buena; otro éxito racional. Con Eloy M. Cebrián ya disfruto del birreo. Ya intimamos. No lo podía imaginar hace un tiempo cuando cayó en mis manos el libro más divertido que recuerde: Los Fantasmas de Edimburgo, dinamita pa´ los pollos, me dije al leerlo. A Joaquín, el Membri, lo encuentro concienzudo y trabajado, reflexivo, cachacero y siempre ocupado, menos cuando brindamos en El Torito. María, La Cañi en la televisión, Esperanza Pedreño vamos, es otro de esos encantos que estaban por descubrir personalmente y eso que, por ser de aquí y trabajar en el teatro, pueda resultar incomprensible no habernos topado antes. Ahora creo que tengo amiga para rato.

Con Bleda y Rosa nos tomamos un café en Portobello Road. Estaba obligado a llamarles después de su estrecha colaboración en el libro. También huele a larga amistad, aunque lejana. Ya vendrán. Lo de Serzo, Jóse, es parecido a lo de Eloy, que previa admiración irrumpe el dialogo fluido. Incansable, idealista, próximo siempre, no hay más que ver la portada del libro para intuir sus enormes posibilidades. Otro gran amigo ganado. Coleccionar amigos, qué bien. No es el caso del Gea, lo dice en el prólogo, él hace tiempo que es de la familia (el tío Choni nunca olvida). Con Andrés Alberto Gómez me une el respeto y, claro, otra vez la admiración. Curioso, uno de los más jóvenes protagonistas del libro, pero uno de los más serios y respetables. Será el clavecín, que hasta ahora no figuraba en mis alineaciones. Son los mundos por descubrir los que me han lanzado a esta impagable aventura y me han regalado tantas amables sorpresas. Otro de los más jóvenes es Rubén, Rubén Martín, otro personaje que domina la mesura y el recio comportamiento. Te mira y escribe. Le saludas y te hace un cuento. Jóvenes y sensatos ¿el nuevo siglo?. Sorpresas como la de la recuperación del Teatro Candilejas, que no el conocimiento de Engracia Cruz, esa hormiguilla tocada por Hamelín, libertaria incansable que ha encontrado su pasillo a los océanos. Tan cerca por cierto de la iluminación de Siquier, Juan, el virtuoso de la guitarra que ahora lo es de la infografía. Qué cosas, hay gente que no dejará nunca de ser artista. Seguro que lo es arreglando una cañería. Me lo imagino: primero la dibuja, la compone y el tubarro hace circular el agua. Manualidades (por eso no seré nunca artista).


Tuve mi enésimo encuentro con Fernando Alfaro y fue el mejor de todos. Los años y las aventuras le han dado poso y clase. Ahora es un símbolo nacional. Representa aquello que traspasa la comprensión mercantil y se convierte en culto, pero él hace lo de siempre: canciones. Goyo Jiménez habla y negocia con Robert de Niro y luego conmigo. ¿Nos habremos vuelto locos?. El rey del Vocoder manual es ahora productor, guionista, actor, empresario... y, sin embargo, amigo. Sólo un personaje como él puede cambiar tan fácilmente de registro. Le va bien, se lo ha currado. Ya está bien. A Miguel el berlinés hay que cogerlo al vuelo. Aparece y desaparece con la facilidad del mosquito de entre-otoño. Cuando llega es por que ha visto a Dios y el tío lo pinta. Y cada vez mejor. Gana con los años. Pronto será una liturgia. Como el menesteroso Arturo Tendero, otro omnipresente que lo mismo dicta una instancia gremial que te escribe un haiku, o una de esas historias que sólo viven los elfos. Duende de escritorio, eso es lo que es.

Rosa Díaz Martínez-Falero ya es una dama de la escena española. Le acaban de otorgar el Premio Nacional de Artes Escénicas para la Infancia y la Juventud. No se inmuta, lo ve natural, como yo. Rosa viaja y es difícil verla. Vive en Granada que es como vivir en el Olimpo, pero nuestra relación fluye y explota como la pólvora. Carmina y Manuela se ríen mientras. Carmina y Manuela se ríen de todo, se ríen siempre y parece que se descojonan (valga la expresión masculina) contigo. Te obligan a mirarte siempre la bragueta no sea que vaya abierta. Con Lalata han hecho el producto más original de la villa. Es arte contemporáneo, ése que deben explicarte siempre. Si ves en Albacete algún paso de peatones con un bonobo tocando el ukelele lo han traido ellas. Ya te lo explicarán, descojonándose claro. Como Joaquín Reyes, intérprete de su propio papel en la vida real. Le das un paraguas en el Altozano y te monta un ballet. Este verano me lo encontré en patinete. Serio, como si ir en patinete por el asfalto fuera cosa de cada día. El barrio de San Antón en la tele. Donde no muy lejos, Fernando López escarba en los contenedores. Encuentra ya los cuadros hechos, un figura. Luego dice que los pinta, pero él ya los descubre hechos. Arte conceptual y vigoroso. Se empeña en montar grupos. Arte total y fulminante. Se lo contaba a Andrés García Cerdán y sonreía. Andrés luego lo escribía en un poema, lo cantaba con una acústica, lo comentaba en el Plexiglás y se iba al instituto. Esas cosas no intimidan, nada, a Hernán Talavera. Cuando tú vas él ya está con la cámara, con el pincel, con el rotring, con la pluma, con la mesa de sonido. Qué envidia. Todo lo interpreta y lo mejora, que es el punto. Otra apuesta del inmediato futuro. Marta Wonderland, digo Marta Torres, lo dice de otra forma, pero con los mismos ingredientes de imaginación. Ella usa la palabra gestual y hace grande a Gloria Fuertes. Mariposas que salen de un libro y apariciones y desapariciones como ocurre en los cuentos infantiles. Otra paradoja, porque Marta es una de las personas más sensatas y coherentes que ha conocido este brillo de cada día en la ciudad.

Espero que os guste


 


Publicado originalmente el 1 de diciembre de 2011 en STONE

8.8.17

La Historia de Jazzalbacete



Este fue el primer cartel de jazzalbacete

En esta página condensamos, prácticamente, la historia de los primeros dieciocho años del festival de jazz en Albacete. Cada uno de los programas realizados con sus correspondientes carteles y artistas presentados. Su germen y elaboración. Su desarrollo. Sus protagonistas o también la gente que pasaba por ahí. Su ficha de identidad histórica. Sus leyendas, cuentos, fabulaciones... una suerte de encuentro abierta a la evocación de la aventura que supuso, en muchas ocasiones, la ilusión y la pasión frente al inmóvil dique de la indiferencia y el desconocimiento. También, en bastantes casos, la limosna negada al voluntarioso: "El jazz en Albacete sólo os interesa a unos cuantos amiguetes, no nos engañemos, siempre van los mismos." (Llanos Moreno, concejal de cultura del Ayuntamiento de Albacete en 1989). En otros, más emocionantes, el ánimo y la ayuda desinteresada. En realidad, el Festival de Jazz de Albacete ha significado la propia historia del género en nuestra ciudad, con todo lo que eso significa en estos excitantes tiempos actuales.
                                                             
                                                                   

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7.8.17

LA COGIDA. Crónica de la desventura



Hola a todos. A los amigos que siguen desde hace ya algunos años mi blog STONE, y a los amigos que físicamente dejé de ver el pasado 13 de septiembre cuando fui embestido por un cardiólogo de guardia; desnudado, literalmente, por un par de afanosas enfermeras del observatorio de urgencias y finalmente encamado en planta por otro grupo de disciplinadas auxiliares del Hospital Universitario de Albacete, envuelto, eso si,  en un fantasmagórico pijama de lunares.
Hola a todos. Soy JAF y llego del averno.

Nunca, jamas, había visitado como cliente, perdón, paciente, un hospital. Nunca. “Toco madera”, decía hace unos días, hace unos meses, hace unas fiestas, hace... El caso es que cuando quise darme cuenta, en la oscuridad de aquel observatorio de urgencias una moza que iba a lo suyo ya andaba hurgando en la claraboya de mi estomago con una aguja de las que usaban los antiguos practicantes (el señor Badía) e introducía en mi cuerpo un combinado de frutas salvajes llamado Heparina. Ahora resulta que necesito Heparina; me la pinchan en la barriga para que la sangre no se coagule y vaya de aquí para allá como unas vidas mías... Heparina... Otra palabreja nueva: Troponina, demasiado activa en mis analíticas, "hay que vigilarla" se comenta en los círculos cercanos: la Troponina marca la muerte del músculo cardíaco...,
pero bueno, ¿esto que es?

Ya estoy en planta. Un carnicero bromista se dedica a hacer morcillas cada mañana, desde hace un montón de años, en el plácido piso de cardio. Es ATS, pero de los que mandan y ordenan sin cargo, o sea, de los que lo saben todo y no acaban de reconocérselo oficialmente: "al de la 207 (ese soy yo) le voy a hacer una carnicería esta mañana", se ufana gritando y riendo la gracia a sus compañeras de planta. “Jo Jo, no te encuentro la vena... Yo pongo la cebolla y tu pones la polla, jo, jo...”,  así bramaba el gañán hasta que se llevó unos cuantos tubillos  que no le cabían en la mano, con mi sangre. Tipo noble, algo brutote, chulapón, loco por jubilarse.
Empiezo a barruntar la faena con la recomendación médica de un ecocardio.

Ecocardiograma. Allá voy... ¡en silla de ruedas!, ¡ ahora resulta que estoy paralítico!
Dícese de la suerte de verte el troncho, el corazón vamos, como si estuvieras viendo un feto en una pantalla de ordenador. Ni he conseguido ver nunca un feto en una pantalla de ordenador ni conseguí ver algo que me indicara que esa masa bulbosa que se movía en la pantalla como un gorgojo alienígena (no se porqué me acuerdo ahora de Narciso Ibáñez Menta -Los Bulbos-) era nada menos que mi propio corazón, mi disco duro multimedia vamos.
Hay noticias. Y buenas: mi corazón está intacto, en perfecto estado, dicen.
No, no me voy a casa, es tiempo ahora, ya, del... Cateterismo.

El viaje de Tron.
¡Que se le afeite el vello púbico!...¿Cómo se puede dar este tipo de ordenes?. ¿Pero, mi dolencia, mi molestia, mi anatema... no venía del corazón?. “Descúbrase el pubis”,  dice una señora de blanco con más conchas que un galápago.
“No, ¡tanto no!”, me corrige.
El Cateterismo es todo un espectáculo, una puesta en escena que ya empezaba a echar de menos en la sanidad. Cámaras por doquier a un palmo de tus narices, camilla volante y giratoria, pantallas al alcance de la vista para que te veas por dentro, tubo inteligente (catéter) que viaja entre tus venas y suelta espumarrajos. Y cada cosa con un conductor, con un operador asignado a cada puesto.
¿Cámara 6 preparado?... ¡Preparado el 6!...  ¿Controles inguinales?... ¡Preparados controles inguinales!..., Ante tamaño despliegue operativo no pude por menos que contestar “¡I´m ready!” cuando se  cuestionó mi atención. “¿Lo habéis entendido?”, dijo sonriendo el realizador médico;
“Yo no”, se oyó una voz femenina que venía de la cámara 3.
“Que ya podemos empezar, ¡adelante!”, insistió el director del “programa”. Y comenzó todo un show al que me faltaban ojos y oídos para seguir su emisión (mi anestesia era solo local por lo que estaba suficientemente espabilado para admirar todo el proceso). De pronto me venía una cámara a la altura de los ojos, o se giraba mi camilla o notaba que algo hurgaba en mis axilas (el catéter); recuerdo contestar a una llamada de atención del doctor con un expresivo  “estoy alucinando”. Una experiencia fantástica, sobre todo para un novato como yo en artes médicas,  que quedó truncada con la orden final del joven realizador médico al parar motores. El joven doctor Arsenio Gallardo se acercó a mi y habló solemnemente: “Tienes todas las coronarias enfermas. Tenemos que hablar, con tu familia, contigo... Hay que abrir, no queda otra”.

En las largas noches hospitalarias, cuando las luces se apagan y todos, enfermos y acompañantes, son convencidos a la aventura de una imprecisa dormida general las rejillas y motores de acondicionadores y ventiladores del hospital abren las puertas a los sonidos del silencio, a la Gran Orquesta del Silencio, una autentica filarmonica del ruido; si además abres un poco las ventanas exteriores para que circule el aire, el mismo Wagner baja de los cielos y te monta en exclusiva una obertura para ti. La primera noche que pasé en el trullo, el concierto tomó la forma de una gran tormenta, otro diluvio universal que caía sobre la ciudad y la inundaba, la barría, como había ocurrido unos días antes. Yo estaba paranoico en la cama porque mi impotencia para ayudar a mi familia, a los vecinos, era evidente. Adopté a regañadientes la postura de la desidia, la insensibilidad o una forma de abdicación que me llevara al sueño por agotamiento mental, como así fue. Cuando desperté, en la madrugada, vi con enorme sorpresa que no había llovido ni una sola gota sobre la ciudad en toda la noche, aunque el ruido, el tremendo y violento fragor de la tormenta seguía su curso.
Sí, yo ya estaba en otro mundo, ya no pertenecía al de los humanos que conocí y disfruté durante toda mi vida. Ahora volaba al infinito, sin rumbo. En el gran escenario de los sueños perdidos. Me dejé llevar desde el primer día que pisé el hospital y en esas me encontraba.

Lo que también era cierto es que ya no estaba en el Hospital General Universitario. Ambulator Pico de Oro, una especie de conductor de ambulancias sacado de Aquellos chalados en sus locos cacharros me trasladó una mañana, de las últimas del verano, a la Clinica Capio, antes conocida como Recoletas, sin cesar de hablar, ni de jurar, ni de vocear al móvil. Debe ser que le habían indicado como terapia: “espabila a los enfermos que llegan cagaos”. El tipo iba acelerado y a mi y a mis acompañantes (mis dos hijos) nos puso las neuronas a tope: ¡Venga!, ¡Llegáis al País de Nunca Jamás!...
La Clínica Capio, de momento, se encarga de gestionar los protocolos y técnicas de todos los tratamientos de patologías cardíacas en convenio con los servicios de cardiología, entre otras prestaciones, del Hospital General. Digo de momento porque en los pasillos de la clínica ya pude oir rumores de un posible e inminente traslado de este servicio privado a clínicas madrileñas, lo que supondría uno de los mayores desastres sanitarios regionales y locales al tener que desplazarse todos los que vengan detrás de mi nada menos que hasta la capital de España para intervenciones u operaciones de alta alcurnia. Otra fechoría gestionada por la señora Cospedal y su equipo de mantilleros del Corpus. Hay quien ya se está haciendo cruces.

Volviendo a lo mio, todo fue rápido y sin contemplaciones. La operación sería a primera hora de la mañana y se trataría de darme un par de hachazos bien daos en el esternón, ahuecar el corazón al antiguo estilo Masai, abrirme la pierna izquierda a la altura de la tibia para extraer las mejores y más brillantes venas y podarlas como macarrones para hacer vías; by-pass, le llaman a esa maniobra: corta y pega y a las viejas arterias si las he visto no me acuerdo. Dicho así, sin mucho conocimiento médico como comprobáis  y, claro, con todos mis respetos hacía Sergio Beltrame, el cirujano que me metió mano y sus colegas Gemma Candela y John Trujillo, ayudantes en la faena e igualmente especialistas en cirujía cardiaca. En cuatro horas apañao y a la UCI de la clínica.

Sólo me cabe una observación: ¿es absolutamente necesario que el afeitado general del astado (yo mismo) tenga que hacerse de madrugada, cuando despunta el sol en el horizonte y tu cabeza no haya tenido descanso en una noche que, en una personal conjetura diabólica, puede ser la última de tu existencia?. Hombre, lo digo porque la irrupción ¡a las seis de la mañana! de dos seres sanitarios del linaje de los roedores, Sor Rata y Sor Hurón, abalanzándose sobre mi cuerpo portando sendas maquinillas eléctricas de afeitar y una bolsa de Gilletes por si fallaba la luz, al estruendoso sonido que podéis imaginar en el silencio de la noche, ni es muy ético por la impunidad de la madrugada ni muy elegante por la categoría de la clínica. Ya me imagino los comentarios en las otras habitaciones... “Hoy sacrifican al de la 217”... “Buen chaval”, etc. En esos menesteres, uno ya está pensando que ha tocado techo en el terreno de la dignidad, algo que ya había tenido su variado adelanto en otras vicisitudes no menos irritantes. “Ya sólo falta que me den por el culo”, pienso en voz baja y a punto de salirme dos lagrimones contemplando con el rabillo del ojo a mi pareja de tantos años y vidas, estupefacta, tapándose la cara con las manos. Es en ese momento cuando Sor Rata pronuncia la sentencia autoritaria que faltaba para redondear la faena: “Y ahora te vamos a poner un Enema para que vayas limpio de estomago al quirófano”. Me disculpáis si no entro en detalles sobre el significado etimológico de la palabra Enema.

Podría sintetizar fácilmente los diecisiete días que pasé en Neverland en los dos que transcurrió mi existencia en la UCI de la clínica Capio. Fueron los más intensos, los que marcaron el antes y el después de mi “despropósito”, los que me enseñaron el sistema sanitario desde sus fogones, los que me hicieron valorar a todos los que de una manera o de otra se dedican al noble servicio de la Sanidad, los que me calmaron los dolores de un cuerpo manoseado desde las tripas hasta el motor principal, los que me mimaron, vigilaron, acunaron, lavaron, conversaron, susurraron...
Sí, yo creo que cuando me bajaron a planta debía llevar la cara de Moisés (Charlos Heston sin rifle) después de admirar la zarza incombustible del Sinaí. De ahí a la recuperación de mi libertad absoluta solo transcurrieron seis días, sí, sólo seis. Lloré como un niño cuando pisé la calle después de aquellas diecisiete esquizofrenicas fechas. Después de aquella pesadilla. Después de aquel Gran Borrón, Gran Horror, en mi vida. Lloré como un niño cuando al llegar a casa escuché a toda pastilla la canción So begin the task, de Stephen Stills y su banda Manassas, los músicos (Chris Hillman, Paul Harris, Joe Lala, Al Perkins, Calvin Samuels, Dallas Taylor) que me devolvieron inmediatamente a mi recoveco natural, a mi madriguera inherente, a mi patio de butacas de donde nunca debí salir.

Gracias a todos vosotros por seguir ahí.
Gracias a ellos, Manassas, por esperarme en la estación de ferrocarril.
Y, desde luego, Gracias a toda mi familia.

Y así comienza la tarea 
cuya llegada he temido tanto tiempo 
espero el sol para recordar 
Mi cuerpo ahora necesita descansar
So begin the task (Stephen Stills)




Publicado originalmente en STONE el día 20 de octubre de 2013

22.3.17

Chuck Berry, Maybellene y otros encantos

Muere el autentico rey del rock and roll



"El dolar dicta qué tipo de música ha de escribirse", solía decir Chuck Berry, un pesetero recalcitrante, cuando le preguntaban en las entrevistas sobre el significado de su música, de sus letras, a menudo lindando éstas las lineas que separan lo éticamente correcto: el descontento juvenil, el rock and roll: cuidado, antes de inventarse esta expresión para definir todo un movimiento musical generacional, en el argot negro de aquellos años cincuenta rock and roll eran dos palabras usadas comúnmente en las letras de los bluesman para describir la actividad sexual.

El dólar, decíamos, el espectáculo, el público divirtiéndose, ver a la gente feliz, eso si que ha sido lo que en definitiva a importado a Charles Edward Anderson Berry a lo largo de sus 90 años de vida. Mucho más que la calidad o cantidad de sus grabaciones, de sus interpretaciones o de sus propios shows, como algunos hemos podido constatar alguna vez, mal que nos pese. Chuck Berry era el rock and roll en carne viva, su esencia más pura, más radical, más incorrecta también: "Si el rock and roll tuviese otro nombre se llamaría Chuck Berry" (John Lennon lo decía en la película Hail hail Rock and roll).

Chuck Berry era un tipo que cada año iniciaba varias giras nacionales o internacionales, prácticamente gestionadas por él mismo o a través de ese logro de secretaria-para-toda-la-vida que conservó los últimos treinta años, Miss Francine Gillium y si no surgían compromisos o contratos actuaba en el bar de enfrente de su casa ubicada en el Condado de Saint Charles, en Missouri.
Necesitaba el contacto con el público cada día sin importarle especialmente las condiciones del show: “Nunca sé quienes son mis acompañantes. Por lo general tenemos un hora, o media hora, o nada, para ensayar”, contaba el guitarrista; si lo piensas bien, nada disparatado en un artista que tuvo que moverse en sus comienzos en el Sur entre la puerta de servicio y el propio escenario de los locales en que solía actuar. Práctico y único en el negocio del espectáculo, su único backline fue su guitarra, su único guión en escena el paso del pato -Duckwalk-: ”mi equipaje siempre fue un peine y un cepillo de dientes”, decía. Aparecía en la sala, le presentaban al grupo local que ya se sabía sus canciones de memoria (¿quien no ha tocado una vez en su vida Johnny B. Goode, Roll Over Beethoven, Little Queenie...?) y los muchachos tenían una hora de concierto para adivinar los acordes que había escogido el rey para esa noche. A Berry no le gustaba alargar las funciones ni tenía repertorio para más. A veces, el resultado era dantesco pero a Chuck Berry se le consentía todo. Ha sido el autor del puñado más grande de pelotazos musicales en las listas de exitos y ventas en el menor tiempo previsible. Una gloria básicamente dirigida a blancos, a jóvenes e impetuosos blancos europeos, a jóvenes e impetuosos blancos europeos y  famosos: The Beatles, The Rolling Stones, The Animals, The Kinks... Sus característicos riffs forman parte del abecedario del género (“los he tocado todos”, solía decir Keith Richards, uno de sus satélites de guardia), su tendencia a la teatralidad, al aspaviento gratuito, a la propensión a la mueca, al esperpento,  le hacían ser un personaje singular al que se le perdonaban deslices e incorreciones, incluidas algunas incomodas visitas al trullo.


Musicalmente, el grifo de la inspiración se le cerró en pocos años, no más de cinco, hasta 1964 más o menos, pero en ese tiempo, con el pianista Johnny Johnson como abanderado y el célebre bajista Willie Dixon, inventó de sobra las bases del género: un pellizco de country music importado de las mejores bodegas de Memphis y un chorreón del más sofisticado Rythm and Blues de Chicago, con los cocineros Fats Domino, Muddy Waters o Elmore James como patronos ojeadores, dieron lugar a una catarata de temazos que abrirían las puertas al rock and roll más genuino: Maybellene (la primera diana) o Rock and Roll Music, Around and Around, Carol, School Days, Sweet Little Sixteen, Memphis Tennessee y las anteriormente citadas Johnny B. Goode, Roll Over Beethoven, Little Queenie...


A los 90 años la maquina se ha parado y Chuck Berry ha dejado de fumar, ha emprendido una larga siesta que romperá su sueño cada vez que alguien ataque una guitarra con el famoso riff de Johnny B. Good o Sweet Little Sixteen, o sea, eso ocurrirá cada dos minutos en cualquier rincón del mundo. Es lo que tienen los dioses omnipresentes, imperecederos, los que están cada día dándote la tabarra... mucho más razonable si además han inventado el rock and roll.

12.3.17

El Pea. La Educación subliminal 2ª parte


Los discos que cambiaron la historia del rock
Una apuesta decisiva por la música de vanguardia



Portada de El Pea
Alguien quiso traducir el título de éste disco, El Pea, por su significado literal más formalista: la abreviación de Población Económicamente Activa, refiriéndose a todas las personas en edad de trabajar. Al final, la única imagen incluida en la propia portada, un guisante, ganó la definitiva identificación y el doble vinilo que cambió muchas mentalidades ligeramente estancadillas en la alborotada década recién acabada -los años sesenta- fue siempre conocido en las veteranas tribus rockeras  como el disco del guisante. Ojo, estamos ante unas grabaciones que nos colocaron a todos en el momento exacto de cuando y dónde debían suceder los hechos: Gran Bretaña, 1971.

La mayoría de las grabaciones que contiene este formidable doble álbum eran samplers, pruebas, promos, lotos de Island Records para calibrar el ambiente de la calle y emisoras radiofónicas, también dirigido de una manera disuasoria, provocativa, a los críticos del New Musical Express o el otro gran semanario de actualidad musical británico Melody Marker para que sacaran pecho y proclamas hacia los lectores que quisieran estar a la última. Pura efervescencia generacional que aquellos días de rupturas, creaciones e innovaciones volteaban una y otra vez las listas de preferencias. Todo vale, nada sobra.

Contraportada de El Pea
Aquellos días, Island Records andaba más distraido con la música reggae y con el ambiente jamaicano que ya se divertía de lo lindo en las islas británicas. A aquel frenesí le llamaron ska y su introductor en las islas fue realmente un tipo muy especial llegado de la isla caribeña: Chris Blackwell.  Su carrera mercantil en las islas británicas comenzó en Londres, vendiendo discos -de reggae, claro-  a la parroquia afroamericana que habían llegado de Jamaica, como él que eran muchos y agitados. Lo hacía desde el maletero de su coche en plena barriada de Brixton. Progresando en aquellas ventas improvisadas llegó a pegar algún pelotazo de importación que le animó a montar la discográfica, lo que explica la participación de Jimmy Cliff en El Pea con  Can't Stop Worrying, Can't Stop Loving y, desde luego, el exitazo en Occidente unos años después a través de Island Records del gran Bob Marley.
Blackwell fue un personaje clave, sin duda influyente, en la evolución musical de los setenta que a través del disco del guisante quiso presentar lo más interesante del incipiente mercado rockero, jóvenes llegados del pop y la furia beat que comenzaban a inventar entonces el edén de las músicas, la libertad total para explicarlas en cualquiera de los formatos imaginados. Desde la copla y danza más tradicional, imbuida de folkies y reinonas de la canción legendaria y secular hasta el rock más cercano a lo que pronto alguien denominaría Hard Rock o Heavy Metal, estilos entonces aún conocidos como Power Rock o Rock Progesivo, como el del grupo Mountain (los únicos americanos del reparto en El Pea, bueno, en realidad sólo el neoyorquino Leslie West, su orondo y exquisito vocalista y guitarrista que aquellos días disfrutaba de la movida británica junto al productor de los famosos Cream, Felix Papalardi, que tocaba el bajo en su banda).

El lanzamiento del álbum El Pea significó un grito de bienvenida a la segunda gran explosión británica en sólo diez años (después del arrebato beat). El secreto de Blackwell fue fichar a muchos músicos que no correspondían al fotocall premiado de las multinacionales discográficas repleto de fantasmones, colorines y pop bubble-gum (la música chicle). David Swarbrick, un decir, era un violinista a la vieja usanza gamberra y cervecera y en ése ambiente de Island se convirtió en el rey del cañerio festivo. Todo el séquito Fairport Convention, banda de extraordinarios músicos itinerantes, secundó aquella juerga, con Sandy Denny arrastrando su impecable dicción rockera idolatrada para la eternidad  tras su inmediata desaparición del mapa. The Incredible String Band, tres cuartos de los mismo, hippies hasta el corvejón sus cantos y bailes llenaron de vida sana y caldos lisérgicos cualquier celebración y ceremonia. Un opereta de juglares alrededor del fuego (todo vale, nada sobra).
Pero aquel puñado de canciones guardaba como tesoros alguna que otra sorpresa como, por ejemplo, una terapia para la ensoñación y los tiempos muertos. Ahí irrumpían Tir Na Nog bordando el papel de místicos y acústicos. El dúo partía el alma cuando cantaban  Our Love Will Not Decay rodeados de tablas, tambores orientales, arpas, el exótico dulcimer (una especie de instrumento de cuerdas percutidas) y guitarras de doce cuerdas. Aquello, hasta entonces no se había escuchado jamás, compartiendo deslumbramientos y seducciones con el trío Amazing Blondel, otra oda al misticismo cuya música se ubicaba básicamente en los siglos XIV y XV, adornada de perfectas armonías vocales y golpes de, una vez más, guitarras acústicas. Nada sobra.
Nick Drake ejercía su intimidación en aquel doble con One of this thing is first, una canción que hoy misma sigue igualmente alterándonos el corazón. Siempre actual Drake, vigente ahora, oportuno entonces, una suerte de trovador eterno, imperecedero desde su prontísima desaparición fisica. Como Quintessence, un bandón inolvidable. Una tribu cosmopolita (ninguna coincidencia de orígenes entre sus seis miembros) de diletantes de la cultura oriental armados hasta los dientes de saxos, guitarras rockeras, pianos y desde luego todo el surtido de la escenografía hindú que uno pueda imaginar. Aún así, rock y blues de muchos quilates en esencia. Bárbaros en Dive deep, y en el álbum Quintessence, una oda al libre albedrío, emancipación absoluta en definitiva.

Pero El Pea, desde luego Chris Blackwell, jugaba fuerte a ganador, con algunos seleccionados que ya habían hecho estallar anteriormente la bomba Island en el panorama internacional. Traffic, por ejemplo, con un tema, Empty pages,  de uno de sus discos más personales, John Barleycorn must die. En lo que a mi respecta la obra cumbre del supergrupo; en su extravagante mensaje, John Barleycorn era la personificación del alcohol, "la compañía ideal para caminar por la senda de los dioses", según el relato autobiográfico de las vivencias y aventuras de Jack London, su creador. La narración se convirtió en una cantinela tradicional, puro folklore jaranero que también grabarían Fairport Convention y Steeleye Span. Traffic fueron, ¡y hay que decirlo, y muy alto!: Stevie Winwood, Jim Capaldi, Chris Wood y Dave Manson, el claro exponente de un magisterio siempre indiscutible; También estaban Jethro Tull, con Mother Goose, otra pieza en otro álbum histórico, Aqualung, palabras mayores...(necesitaría un capítulo aparte); Emerson, Lake and Palmer, con Knife Edge, una provocación más de otro de los nombrados entonces supergrupos, una sorpresa su presencia que valió una bronca entre el grupo y Blackwell: ellos querían incluir Lucky Man, su imponente bautizo musical como trío pero perdieron la porfía. Bien: Jimmy Cliff, ya lo hemos dicho; Cat Stevens, en el mejor momento de su carrera antes de hacerse musulman, en Wild World, otro de aquellos pelotazos de amor; Free, los de All right now para toda la vida que aquí dejan disfrutar a Paul Kossoff, su problematico y exquisito guitarrista, en un tema propio, Highway song y con Paul Rodgers ejerciendo su imperial timbre de rock, de cantante de rock: uno de los más grandes intérpretes de aquel rock progresivo que se ha conocido.

Mc Donald and Giles
Uno de los detalles que distinguen este formidable doble ejemplar de vinilo es la participación de Ian Mc Donald y Michael Giles, dos de los responsables en la creación de la magnifica y mítica banda King Crimson, el grupo cuyo tutor, Robert Fripp, pasó a ser uno de los principales gurus de la década.  Extract From Tomorrow's People, el tema que les representa en El Pea pertenece a la primera etapa de los músicos, coincidente con el debut del Rey Carmesí. Es el único álbum que grabaron como dúo y cuenta con algunas colaboraciones meritorias como la de Stevie Winwood que por aquellos días grababa en el mismo estudio la fantástica historia de John Barleycorn con Traffic. Un remate extraordinario en un elenco irrepetible de futuras estrellas.
El Pea
será perdurable con los años porque no ha perdido ni un ápice de su idiosincrasia, la creatividad sin red, la originalidad, el profundo barroquismo de un años convulsos en cambios, búsquedas y nuevos registros. Aún hoy, muchos de los nuevos nombres que aparecen en el mercado discográfico nos llevan a alguno de aquellos pioneros del rock más sincero. Con El Pea, la música de rock alcanzó su culmen, su punto de adorable partida.


3.3.17

Llena tu cabeza de Rock. La educación subliminal. 1ª parte




Los discos que cambiaron la historia del rock
Una apuesta decisiva por la música de vanguardia


The Rock Machine Turns You On
Al menos para algunos zagales que cuando se despedían los fantásticos sesenta nos pusimos las pilas en España con dos increíbles ediciones de la multinacional discográfica CBS, The Rock Machine Turns You on (1968) y Llena tu cabeza de rock (1970), dos volúmenes que avanzaban lo que iba a significar en el mundo de la ya definida como música Rock la inminente década de los setenta y el fin de siglo.

Llena tu cabeza de rock
En realidad, Columbia no arriesgaba tanto en aquellos elepés recopilatorios puesto que aparecían en ambas ediciones artistazos ya consagrados por aquel entonces, como Bob Dylan, Leonard Cohen, Santana, The Byrds, Blood Sweat & Tears, Simon & Garfunkel, Chicago o Janis Joplin. La estrategia americana consistía en vender ambos discos bajo el reclamo de estos figurones, algunos de ellos descubiertos en Woodstock o Monterrey, las dos grandes citas de finales de masas en directo de los sesenta y de paso regalar los oídos con los sonidos de otros artistas casi desconocidos y por tanto menos afortunados en ventas y popularidad. En ningún caso en calidad artística porque a través de aquel par de entregas muchos pudimos conocer en nuestro país la mítica de Mike Bloomfield, por ejemplo, unos de los guitarristas más grandes que ha dado el blues blanco, muerto prematura y lamentablemente como muchos de aquellos jinetes de caballitos desbocados. Bloomfield manejó con maestría de pionero la acústica (un ruego: escuchad si podéis su álbum If you love these blues play them as you please) y la eléctrica (fue la primera guitarra con amplificador que empleó Bob Dylan en Newport y en Blonde on Blonde). O el mítico Taj Mahal en una versión alucinante del Stateboro Blues, o The Zombies de Rod Argent con aquella canción con la que muchos aprendimos a imaginar sueños de sugestiones y acaloramientos, Time of the season. También Spirit, emocionantes en Fresh Carbage, una de esas canciones perfectas; Moby Grape, atómicos y didácticos en aquel mensaje demoledor llamado Can´t be so bad , Roy Harper, Flock, Black Widow, Skin Alley, Steamhammer o hasta el albino de los albinos Johnny Winter.

Rock 71
Comenzada ya la nueva década, pronto apareció Rock 71, también de CBS, en el mismo tono de sus entregas anteriores y casi con el mismo reparto aunque incluyera entre tanto divino, sin que muchos entonces se explicaran su presencia en aquella selección, la gran figura del jazz Miles Davis, suspirando el trompetista aquellos días por la compañía musical del guitarrista perdido entre bambalinas ácidas y sonidos recién estrenados, Jimi Hendrix. A él y al eterno desencuentro estaba dedicada en parte la obra que interpretaba Davis en aquella formidable grabación del 71, Bitches Brew.

Pinchamos ahora aquellas reliquias (en vinilo, ojo) y no ocurre como suele suceder con algunas otras obras artísticas -música, cine, arte, literatura...- que el tiempo las ha devorado y las ha reciclado como compost, como abono orgánico para la memoria descompuesta, restos inservibles de tu propia evocación ahora convertida en pura basura, no nos engañemos. En cambio, en estas obras de CBS recibimos lecciones magistrales prácticamente desconocidas históricamente, como la portentosa exhibición de Moby Grape, ya comentada o, en otro ejemplo más rimbombante, la de una banda psicodélica llamada The United States of America que en I won´t leave my wooden wife for you, sugar adelantaba ya la inminente llegada de la sofisticación electrica con los primitivos secuenciadores y sintetizadores Moog, todo ello adornado con un discurso abiertamente comunista  y explotando el recién estrenado arte de la performance. El tema es una bomba de relojería y venía incluido en su álbum de presentación El jardín de las delicias terrestres: la CBS (hoy Sony Music) contra el mundo corriente, la ordinary people... quien lo iba a sospechar. Siempre he atribuido esta presencia a la inapelable influencia que ya ejercía por aquel entonces The Mothers of Invention de Frank Zappa a todas las bandas californianas disconformes con lo establecido y Vietnam echaba humo esos días. Al final, curiosamente, Frank Zappa acabaría editando obra en CBS.

Portada interior de Rock 71
The Byrds también aparecen en este traqueteo discográfico con un emocionante Dolphin Smile en el primero de los dos álbumes, una canción que me traslada inevitablemente a aquellos años de adolescencia,  frágiles como el cristal, hermosos como cualquiera de nuestras turbaciones. Allí estaban todos, todos los que siempre debieron estar: Roger Mc Guinn, David Crosby, Gene Clark, Chris Hillman y Michael Clarke. Las doce cuerdas de la Rickenbacker de Mc Guinn y las armonías vocales de Crosby y Clark me/nos han acompañado a lo largo de toda una vida.

It´s a beautiful day
La espectacular irrupción de It´s a beautiful day en uno de estos discos (Rock 71, con Don And Dewey) llegó tarde puesto que la banda andaba en tramites de separación cuando salió el doble, pero lo que acababan de hacer con su álbum de debut  y su inolvidable mensaje White Bird le otorgaron merecidamente a la obra el título de obra maestra. El grupo de David LaFlamme (tocaba un violín de cinco cuerdas) ahora simboliza el espíritu de San Francisco en aquellos años de peace and love, pero la banda suena aún hoy como un cañón en cada uno de sus temas.


Reposo eterno de Jimi Hendrix en Seattle
Con los Beatles en estado de shock, Brian Jones buceando de por vida en su propia piscina, Janis Joplin, Jim Morrison y Jimi Hendrix engalanando sus relucientes casas de campo a estrenar, estas tres ediciones españolas de la Columbia sirvieron, al menos, como cabalgata de apertura de una época dorada de grupos y discográficas, solistas y sorpresones (toda la factoría Warhol lo fue con Velvet Underground como estrellas). La competencia a CBS fue extraordinaria, pétrea, vigorosa, con bandas como Led Zeppelin, los restos de Cream, los Mothers de Frank Zappa, toda la música de la costa oeste americana y el relevo británico de Jethro Tull y otras evocaciones que contaremos en la segunda parte de esta memorabilia. La música de rock comenzaba un largo y fructífero periodo.

En el siguiente capítulo: El Pea. La educación subliminal. 2ª parte

24.2.17

La Leyenda de Los Trasgos

El grupo que marcó toda una generación musical en Albacete
Sus miembros originales ofrecieron en diciembre una entrañable reaparición

Los Trasgos actualmente: Luis Sánchez, Juan
Rosa, Adrián Navarro, Luis Arteaga y Pepe
Vergara -foto: Pepe Garrido
El motivo, siendo igualmente íntimo y cercano (se celebraba el cumpleaños de Adrián Navarro, uno de los miembros de la mítica banda) fue una mera excusa para reunirse los cinco miembros originales del grupo y tocar las viejas canciones, repasar algunas memorias aplazadas y abrazarse emocional y musicalmente, reclamando algo que hubiera estado demasiado tiempo flotando en cada uno de los ambientes de cada uno de los componentes de aquella maravillosa aventura que se llamó Trasgos.
 Lo estaban deseando. Y lo hicieron de la manera más refinada: en torno a un grupo de amigos, familiares e incondicionales, sentados y relajados los músicos como si se tratara de un concierto unplugged que hubiera querido filmar de haber tenido conocimiento la cadena de televisión internacional MTV.

Luis Arteaga, Juan Rosa, Adrián Navarro, Luis
Sánchez, agachado Pepe Vergara
Fue en la sala y club Chapó de la calle Teodoro Camino, a media tarde, otro precepto alterado: las cinco y media no son horas para una efemérides, ni siquiera para un concierto, todo lo más para un ensayo y, ahora que lo pienso, a lo mejor era esa precisamente la sensación que pretendían encajar en escena Juan Rosa, Pepe Vergara, Luis Arteaga y Luis Sánchez para sorprender a su querido amigo y compañero del alma Adrián Navarro, el cual, de todos estos protocolos no tuvo nunca ni la más remota idea. Un regalo, propusieron en secreto: vamos a tocar un rato para divertirnos.


Los Trasgos, unplugged en la sala Chapó
foto: Pepe Garrido
Cuando los cinco miembros originales de la leyenda Trasgos comenzaron a tocar una pieza de swing, electrónica, imaginaria, improvisada parecía, regalaron unos minutos mágicos en que a todos los presentes se nos cayó encima, así de sopetón, medio siglo de nuestra propia existencia: aquello sonaba a Los Trasgos del hotel Entrelagos de Las Lagunas de Ruidera; Mmm..., mejor, de la Plaza de Toros de Albacete. A los genuinos.
La impresión, el efecto, duró unos 15 minutos que recuperaría con sorprendente soltura en otro momento del recital el propio Pepe Vergara (con Pascual Ortíz en los tambores) que lanzó una diatriba en inglés macarrónico (en realidad no pretendía ser ningún idioma, fueron una especie de balbuceos onomatopéyicos abigarrados) con admirable soltura y elocuencia. En escena, Los Trasgos altaneros y chuletas del 67, vamos. Los legendarios.
 Todo siguió su curso normal esperado cuando los presentes comenzaron a reclamar sus viejas versiones de Animals, Beatles, rockanroles y tuises varios y la inevitable presencia de la canción italiana en la que tanto se luce Juan Rosa, el Rana. Momentos de emociones y añoranzas.

Los Trasgos a mitad de los años sesenta
Unas horas que parecieron un santiamén porque el embrujo había resultado y la escena nos había llevado a los que vivimos aquella aventura de los sesenta a recuperar no sólo a un grupo de leyenda sino también al alboroto al que nos arrastró aquellos tiempos de ignorancia y abstinencias.
“Fueron tiempos en los que nadie sabía nada de música” (Luis Arteaga),
“Nadie tenía idea de nada, nadie escuchaba en Albacete música de vanguardia. Nosotros éramos los raros por escuchar a Los Beatles” (Luis Sánchez),
aunque los que conocimos de cerca la epopeya Trasgos nunca podremos olvidar cómo demonios consiguieron que aquellas canciones que hoy se asoman viejunas y sensibleras (no todas, claro) sonaran entonces como un tiro en escena con aquellas guitarras Jomadi de 3000 pesetas, las estratosféricas Galantic o aquel amplificador Shelmer de 60 watios donde a veces se enchufaban las dos guitarras y el bajo eléctrico. Por cierto, Adrián Navarro ya portaba en aquellos años una Fender Stratocaster que alguna buena faena debió hacer en aquellas situaciones. No hablemos de mesas de sonido, no hablemos de luces, no hablemos de tomas de tierra en muchos casos, no hablemos de escenarios de tablones y camionetas, etc...

Los Trasgos, una leyenda urbana
Los Trasgos son leyenda en Albacete porque fueron los únicos que en aquellas circunstancias tercermundistas sonaron como una formidable banda de rock and roll, como un grupo pop de alto nivel, los que reclamaba el país en capitales y provincias. Así fructificaría, con toda la lógica del mundo, su estrecha relación con el grupo más importante nacional en aquellos años, Los Brincos, en un afortunado juego de coincidencias. Si no hubieran tenido un mínimo de clase o puesta en escena, éstos, los del ”sorbito de champán”, no les hubieran convencido, sólo por amistad, para aterrizar en Madrid en salas de conciertos que aquellos años recibían a los artistas más considerados como Paraninfo o Imperator donde terminarían actuando. Los Trasgos tocaron con la punta de los dedos aquella primera etapa que se habían propuesto en sólo un verano de aventura. Si no se consumó la primera parte de aquel soñado guión fue por una serie de malos entendidos y desgraciadas coincidencias que no vienen ahora al caso.
Hubo que esperar al despertar de la industria discográfica y el extraordinario ajetreo que propusieron los años ochenta con la llamada movida nacional para que desde entonces algún grupo albaceteño (y han sido varios) presentara credenciales importantes en ediciones musicales, creatividad, actitud, puesta en escena y reconocimiento nacional, pero esa ya es otra historia, más reciente, que muchos de nosotros conocemos sobradamente.

Los Trasgos en la Plaza de Toros de Albacete. 1966
foto facilitada por Pepe Garrido
Ningún grupo musical de la ciudad o provincia de los de entonces, años sesenta, pudo nunca compararse en sonido y actitud a la presencia de Los Trasgos en escena. Ninguno. Por eso son leyenda, porque en el páramo que nos tocó lidiar con curas y grises, Ojes y campamentos, ejercicios espirituales y cursillos de cristiandad, juegos florales y demostraciones sindicales, militares, procuradores y gobernadores civiles, la presencia, y el recuerdo, de cinco chavales adolescentes que asombraban y excitaban sobre un tablao, a veces impresentable, fue sencillamente inolvidable.
Y Los Trasgos siempre impresionaban.