15.5.16

LA COGIDA. Crónica de la desventura



Hola a todos. A los amigos que siguen desde hace ya algunos años mi blog STONE, y a los amigos que físicamente dejé de ver el pasado 13 de septiembre cuando fui embestido por un cardiólogo de guardia; desnudado, literalmente, por un par de afanosas enfermeras del observatorio de urgencias y finalmente encamado en planta por otro grupo de disciplinadas auxiliares del Hospital Universitario de Albacete, envuelto, eso si,  en un fantasmagórico pijama de lunares.
Hola a todos. Soy JAF y llego del averno.

Nunca, jamas, había visitado como cliente, perdón, paciente, un hospital. Nunca. “Toco madera”, decía hace unos días, hace unos meses, hace unas fiestas, hace... El caso es que cuando quise darme cuenta, en la oscuridad de aquel observatorio de urgencias una moza que iba a lo suyo ya andaba hurgando en la claraboya de mi estomago con una aguja de las que usaban los antiguos practicantes (el señor Badía) e introducía en mi cuerpo un combinado de frutas salvajes llamado Heparina. Ahora resulta que necesito Heparina; me la pinchan en la barriga para que la sangre no se coagule y vaya de aquí para allá como unas vidas mías... Heparina... Otra palabreja nueva: Troponina, demasiado activa en mis analíticas, "hay que vigilarla" se comenta en los círculos cercanos: la Troponina marca la muerte del músculo cardíaco...,
pero bueno, ¿esto que es?

Ya estoy en planta. Un carnicero bromista se dedica a hacer morcillas cada mañana, desde hace un montón de años, en el plácido piso de cardio. Es ATS, pero de los que mandan y ordenan sin cargo, o sea, de los que lo saben todo y no acaban de reconocérselo oficialmente: "al de la 207 (ese soy yo) le voy a hacer una carnicería esta mañana", se ufana gritando y riendo la gracia a sus compañeras de planta. “Jo Jo, no te encuentro la vena... Yo pongo la cebolla y tu pones la polla, jo, jo...”,  así bramaba el gañán hasta que se llevó unos cuantos tubillos  que no le cabían en la mano, con mi sangre. Tipo noble, algo brutote, chulapón, loco por jubilarse.
Empiezo a barruntar la faena con la recomendación médica de un ecocardio.

Ecocardiograma. Allá voy... ¡en silla de ruedas!, ¡ ahora resulta que estoy paralítico!
Dícese de la suerte de verte el troncho, el corazón vamos, como si estuvieras viendo un feto en una pantalla de ordenador. Ni he conseguido ver nunca un feto en una pantalla de ordenador ni conseguí ver algo que me indicara que esa masa bulbosa que se movía en la pantalla como un gorgojo alienígena (no se porqué me acuerdo ahora de Narciso Ibáñez Menta -Los Bulbos-) era nada menos que mi propio corazón, mi disco duro multimedia vamos.
Hay noticias. Y buenas: mi corazón está intacto, en perfecto estado, dicen.
No, no me voy a casa, es tiempo ahora, ya, del... Cateterismo.

El viaje de Tron.
¡Que se le afeite el vello púbico!...¿Cómo se puede dar este tipo de ordenes?. ¿Pero, mi dolencia, mi molestia, mi anatema... no venía del corazón?. “Descúbrase el pubis”,  dice una señora de blanco con más conchas que un galápago.
“No, ¡tanto no!”, me corrige.
El Cateterismo es todo un espectáculo, una puesta en escena que ya empezaba a echar de menos en la sanidad. Cámaras por doquier a un palmo de tus narices, camilla volante y giratoria, pantallas al alcance de la vista para que te veas por dentro, tubo inteligente (catéter) que viaja entre tus venas y suelta espumarrajos. Y cada cosa con un conductor, con un operador asignado a cada puesto.
¿Cámara 6 preparado?... ¡Preparado el 6!...  ¿Controles inguinales?... ¡Preparados controles inguinales!..., Ante tamaño despliegue operativo no pude por menos que contestar “¡I´m ready!” cuando se  cuestionó mi atención. “¿Lo habéis entendido?”, dijo sonriendo el realizador médico;
“Yo no”, se oyó una voz femenina que venía de la cámara 3.
“Que ya podemos empezar, ¡adelante!”, insistió el director del “programa”. Y comenzó todo un show al que me faltaban ojos y oídos para seguir su emisión (mi anestesia era solo local por lo que estaba suficientemente espabilado para admirar todo el proceso). De pronto me venía una cámara a la altura de los ojos, o se giraba mi camilla o notaba que algo hurgaba en mis axilas (el catéter); recuerdo contestar a una llamada de atención del doctor con un expresivo  “estoy alucinando”. Una experiencia fantástica, sobre todo para un novato como yo en artes médicas,  que quedó truncada con la orden final del joven realizador médico al parar motores. El joven doctor Arsenio Gallardo se acercó a mi y habló solemnemente: “Tienes todas las coronarias enfermas. Tenemos que hablar, con tu familia, contigo... Hay que abrir, no queda otra”.

En las largas noches hospitalarias, cuando las luces se apagan y todos, enfermos y acompañantes, son convencidos a la aventura de una imprecisa dormida general las rejillas y motores de acondicionadores y ventiladores del hospital abren las puertas a los sonidos del silencio, a la Gran Orquesta del Silencio, una autentica filarmonica del ruido; si además abres un poco las ventanas exteriores para que circule el aire, el mismo Wagner baja de los cielos y te monta en exclusiva una obertura para ti. La primera noche que pasé en el trullo, el concierto tomó la forma de una gran tormenta, otro diluvio universal que caía sobre la ciudad y la inundaba, la barría, como había ocurrido unos días antes. Yo estaba paranoico en la cama porque mi impotencia para ayudar a mi familia, a los vecinos, era evidente. Adopté a regañadientes la postura de la desidia, la insensibilidad o una forma de abdicación que me llevara al sueño por agotamiento mental, como así fue. Cuando desperté, en la madrugada, vi con enorme sorpresa que no había llovido ni una sola gota sobre la ciudad en toda la noche, aunque el ruido, el tremendo y violento fragor de la tormenta seguía su curso.
Sí, yo ya estaba en otro mundo, ya no pertenecía al de los humanos que conocí y disfruté durante toda mi vida. Ahora volaba al infinito, sin rumbo. En el gran escenario de los sueños perdidos. Me dejé llevar desde el primer día que pisé el hospital y en esas me encontraba.

Lo que también era cierto es que ya no estaba en el Hospital General Universitario. Ambulator Pico de Oro, una especie de conductor de ambulancias sacado de Aquellos chalados en sus locos cacharros me trasladó una mañana, de las últimas del verano, a la Clinica Capio, antes conocida como Recoletas, sin cesar de hablar, ni de jurar, ni de vocear al móvil. Debe ser que le habían indicado como terapia: “espabila a los enfermos que llegan cagaos”. El tipo iba acelerado y a mi y a mis acompañantes (mis dos hijos) nos puso las neuronas a tope: ¡Venga!, ¡Llegáis al País de Nunca Jamás!...
La Clínica Capio, de momento, se encarga de gestionar los protocolos y técnicas de todos los tratamientos de patologías cardíacas en convenio con los servicios de cardiología, entre otras prestaciones, del Hospital General. Digo de momento porque en los pasillos de la clínica ya pude oir rumores de un posible e inminente traslado de este servicio privado a clínicas madrileñas, lo que supondría uno de los mayores desastres sanitarios regionales y locales al tener que desplazarse todos los que vengan detrás de mi nada menos que hasta la capital de España para intervenciones u operaciones de alta alcurnia. Otra fechoría gestionada por la señora Cospedal y su equipo de mantilleros del Corpus. Hay quien ya se está haciendo cruces.

Volviendo a lo mio, todo fue rápido y sin contemplaciones. La operación sería a primera hora de la mañana y se trataría de darme un par de hachazos bien daos en el esternón, ahuecar el corazón al antiguo estilo Masai, abrirme la pierna izquierda a la altura de la tibia para extraer las mejores y más brillantes venas y podarlas como macarrones para hacer vías; by-pass, le llaman a esa maniobra: corta y pega y a las viejas arterias si las he visto no me acuerdo. Dicho así, sin mucho conocimiento médico como comprobáis  y, claro, con todos mis respetos hacía Sergio Beltrame, el cirujano que me metió mano y sus colegas Gemma Candela y John Trujillo, ayudantes en la faena e igualmente especialistas en cirujía cardiaca. En cuatro horas apañao y a la UCI de la clínica.

Sólo me cabe una observación: ¿es absolutamente necesario que el afeitado general del astado (yo mismo) tenga que hacerse de madrugada, cuando despunta el sol en el horizonte y tu cabeza no haya tenido descanso en una noche que, en una personal conjetura diabólica, puede ser la última de tu existencia?. Hombre, lo digo porque la irrupción ¡a las seis de la mañana! de dos seres sanitarios del linaje de los roedores, Sor Rata y Sor Hurón, abalanzándose sobre mi cuerpo portando sendas maquinillas eléctricas de afeitar y una bolsa de Gilletes por si fallaba la luz, al estruendoso sonido que podéis imaginar en el silencio de la noche, ni es muy ético por la impunidad de la madrugada ni muy elegante por la categoría de la clínica. Ya me imagino los comentarios en las otras habitaciones... “Hoy sacrifican al de la 217”... “Buen chaval”, etc. En esos menesteres, uno ya está pensando que ha tocado techo en el terreno de la dignidad, algo que ya había tenido su variado adelanto en otras vicisitudes no menos irritantes. “Ya sólo falta que me den por el culo”, pienso en voz baja y a punto de salirme dos lagrimones contemplando con el rabillo del ojo a mi pareja de tantos años y vidas, estupefacta, tapándose la cara con las manos. Es en ese momento cuando Sor Rata pronuncia la sentencia autoritaria que faltaba para redondear la faena: “Y ahora te vamos a poner un Enema para que vayas limpio de estomago al quirófano”. Me disculpáis si no entro en detalles sobre el significado etimológico de la palabra Enema.

Podría sintetizar fácilmente los diecisiete días que pasé en Neverland en los dos que transcurrió mi existencia en la UCI de la clínica Capio. Fueron los más intensos, los que marcaron el antes y el después de mi “despropósito”, los que me enseñaron el sistema sanitario desde sus fogones, los que me hicieron valorar a todos los que de una manera o de otra se dedican al noble servicio de la Sanidad, los que me calmaron los dolores de un cuerpo manoseado desde las tripas hasta el motor principal, los que me mimaron, vigilaron, acunaron, lavaron, conversaron, susurraron...
Sí, yo creo que cuando me bajaron a planta debía llevar la cara de Moisés (Charlos Heston sin rifle) después de admirar la zarza incombustible del Sinaí. De ahí a la recuperación de mi libertad absoluta solo transcurrieron seis días, sí, sólo seis. Lloré como un niño cuando pisé la calle después de aquellas diecisiete esquizofrenicas fechas. Después de aquella pesadilla. Después de aquel Gran Borrón, Gran Horror, en mi vida. Lloré como un niño cuando al llegar a casa escuché a toda pastilla la canción So begin the task, de Stephen Stills y su banda Manassas, los músicos (Chris Hillman, Paul Harris, Joe Lala, Al Perkins, Calvin Samuels, Dallas Taylor) que me devolvieron inmediatamente a mi recoveco natural, a mi madriguera inherente, a mi patio de butacas de donde nunca debí salir.

Gracias a todos vosotros por seguir ahí.
Gracias a ellos, Manassas, por esperarme en la estación de ferrocarril.
Y, desde luego, Gracias a toda mi familia.

Y así comienza la tarea 
cuya llegada he temido tanto tiempo 
espero el sol para recordar 
Mi cuerpo ahora necesita descansar
So begin the task (Stephen Stills)




Publicado originalmente en STONE el día 20 de octubre de 2013

Norman Whitfield, la pieza maestra



Mal asunto. Se apaga la luz. Se funde la bombilla y revienta definitivamente la lámpara; nos hemos quedado a oscuras y sin embudo de referencia en el Motorfunk, sonido de las bielas del homo-black. Habrá que echar mano otra vez de la fonoteca y la peluca. Hombre, no lo digo por Rose Royce, su postrer sello discográfico, ni siquiera por el trabajo que se editó hace poco, Brother Ali, equilibrios actuales nacidos de su propia herencia; lo digo precisamente porque el legado sigue perviviendo con una rigurosidad apabullante desde su creación, a finales de la década de los sesenta. Digámoslo ya, pronto y fuerte: Norman Whitfield rompió todos los cánones de un sonido absolutamente poderoso, intocable y demoledor entonces, la Tamla Motown. Nacido de las mismas calderas donde se fabricaban los motores de un trailer con denominación de origen, Detroit City. Whitfield, entonces, sesenta y tantos, habló con los jefes y les convenció cuando estos fabricaban éxitos como embragues. La escena tuvo que ser histórica: Marvyn Gaye, Barry Gordy o Smokey Robinson escudriñando el invento del visionario peludo al fondo del estudio, allí, en la pecera del estudio The Temptations esperando a cantar y el tipo que nada, que aún no, que esperéis hasta que yo lo diga. Así una y otra vez. Así fue con 'Ain't too proud to beg', que incluirían los Stones en It´s only Rock ´Roll, con 'I Heard it through the gravepine' que accediera a interpretar Marvin Gaye y machacar en clave de rock la Credence Clearwater Revival y "(I Know) I'm Losing You" con el mejor instrumento local para el camión, Temptations, claro -también Rare Earth-.



El pastel estaba por llegar: "War", que dedicó a un hijo de su mujer que no sintió las piernas en Viet-Nam, para Edwin Starr (Springsteen y Frankie Goes to Hollywood llegaron tarde mal y desubicados); "Papa was a Rolling Stone", la canción perfecta donde Temptations manosearon la gloria y, por fin, "Masterpiece", el documento en 33 r.p.m. de vinilo más importante editado desde que James Brown hace muchísimos años se encerrara en el Apollo Theatre de Nueva York.
Mal asunto, el cuento suena retórico, pero, lo juro, Norman Whitfield es puro deleite.
Murió en septiembre de 2008. Cáchis.


Publicado originalmente en Stone el 27 de septiembre de 2008