28.1.14

¡Cuidado con Ginger Baker!


Un monumental documento sobre la vida del batería más espectacular de la historia del rock

White Room by Cream on Grooveshark

- Padre, en realidad, en toda tu vida... ¿me has echado alguna vez de menos?
- No, nunca.

Esa respuesta, fría, tajante, demoledora, de Ginger Baker a su único hijo varón después de escarpados y esforzados intentos de búsqueda y celebrar el chaval su apasionado encuentro con el autor de sus días, define de una manera flagrante la personalidad abrupta y algo más que desagradable de quien se precia, y no va desencaminado, haber sido el mejor batería de rock.

Fuera de presunciones ególatras de Baker, yo siempre lo dije: “Cream ha sido la mejor banda de la historia del rock” (en efecto, desde que comenzaron a llamearme los colmillos en la música: ¡Lo tengo yo hablado con toda mi gente!). Aún con los años mantengo el proverbio: Si bien ahora lo hago tímidamente por aquello de los conocimientos y amplitud de referencias y, porqué no decirlo, la  mesura que otorga la puta madurez.
Pero, olvidemos prejuicios y arrumacos: Cream abrió el pastel. El blanco y el negro. El de aquel bombón -el blues- hasta entonces únicamente paladeado por los watusi. Según la historia del buen blues blanco, el que surgió en el Londres de finales de los cincuenta y principios de los sesenta, Graham Bond Organization, Alexis Korner, Colosseum... Cream llegó a ser el compendio de todos ellos minimizado en un trío, un espectacular y arrollador trío que reunió al mejor bajista y cantante de la época, Jack Bruce, a un batería que parecía un mercancías bajando la cuesta de Chinchilla, Ginger Baker y a un guitarrista al que por entonces todos conocían  como Dios, “Eric Clapton is God”, decía el populacho (las pintadas en los muros de Londres también lo tenían hablado). Sirva como aval la anécdota sobre la primera pregunta que hizo Jimi Hendrix en el Café Wha? neoyorkino cuando le contrataron para instalarse en Londres: “¿Y podré conocer a Eric Clapton y a Cream?...”

Lo curioso de todos aquellos recuerdos de adolescencia es que cuando los españolitos nos quisimos dar cuenta Cream habían pasado a la historia. Más de uno que conozco, como me ocurrió a mi, nos quedamos alucinados con Cream ¡a través de su álbum de despedida!, Goodbye (1969). Fue lo primero que habíamos escuchado de ellos condensado en elepé; anteriormente sí, habíamos oído temas sueltos o en la radio... I feel free, el Crossroad, de Robert Johnson o el Spoonful, de Willie Dixon... la confabulación con su corta discografía oficial llegaría después (Fresh Cream, Disraeli Gears, Wheels of Fire...). Hablamos de una aventura de no más de 3 años (1966-1969) contando ensayos, conciertos y grabaciones. Fue suficiente.

Todo ello, la historia de Cream entre otras cosas, queda bien reflejado en el monumental documento que ha dirigido el periodista de Rollling Stone, Jay Bulger, Beware of Mr. Baker, sobre la vida y pasiónes de Ginger Baker, el batería de aquel tren humanitario. Si Cream y sus componentes representaban la gloria en un escenario, en un estudio de grabación o en la vida de andar por casa Ginger Baker lo hacía en los vertederos del espíritu. La película es una triste, hilarante, a veces tierna, también aterradora visita a los fondos del comportamiento humano. Baker, básicamente, es un peligro, un personaje tetrapolar, valga el calificativo como método de impedancia bioeléctrica para evaluar los mil vericuetos del cuerpo humano. Un jodido ególatra únicamente interesado en los próximos cinco minutos. Su enemistad y sus bofetones con Jack Bruce fueron proverbiales, así como sus innumerables y, a veces escacharrantes, reencuentros. Bulger, o Baker en sus momentos lúcidos o asequibles, cuentan esa historia vital a lo largo de sus etapas desde aquel frenético Londres de los sesenta (Graham Bond, Cream, Blind Faith, GB Air Force) a Los Ángeles, pasando por Nigeria (su encuentro con Felá Kuti es mayúsculo), Italia, Sudáfrica, y (mucho) más allá.


Su adicción a la heroína de varias décadas suposo un largo camino para hacer de él una persona non grata. Esa antojadiza personalidad es desgranada a lo largo del metraje por la gente que le trató de cerca, Jack Bruce y Eric Clapton, desde luego, además de sus cuatro mujeres, sus tres hijos y como personas autorizadas en los tambores las aportaciones técnicas de bateras históricos como Charlie Watts, Stewart Copeland (siempre pensé que el batería de Police le imitaba descaradamente), Lars Ulrich (Metallica), Carmine Appice (Vanilla Fudge y un montón de grupos mas) y hasta John Lydon, de soltero Rotten, que pienso lo que tú: ése habla porque pasaba por ahí y porque al estar todo el día en la barra del bar sólo le consuela provocar y molestar (gracias Kortatu por el guiño).

Beware of Mr. Baker en cualquier caso es una delicia porque Jay Bulger sabe llevar el documento a un terreno ameno, divertido y francamente trabajado. Trabajado hasta el punto de soportar esperas continúas, cuelgues de lineas telefónicas, plantones, sarcasmos groseros, burlas y hasta un garrotazo en la nariz (no descubro nada, la película empieza así) porque cuando ya tenía todo el metraje rodado, Baker le prohíbe al director americano, enérgicamente, que no saque a la luz toda su relación con los músicos y amigos ¿?. Bulger, lógicamente, se niega.
Muy bueno el título del film al hacerse eco el periodista del cartel que figura a la entrada de su última casa en Sudafrica: “Cuidado con Mr. Baker”. De los veinte perros que tiene ni hablamos.



Publicado el Viernes, 4 de abril de 2014 en Mas24, suplemento cultural del diario digital Asturias24

23.1.14

Mother in Law en Albacete, el orgullo de las rotondas

 La historia de una fantástica carambola del destino

A veces, las casualidades, los azares, las bambarrias en definitiva, juegan caprichosamente con el destino. Es el caso de una de las señas de identidad que ostentamos los albaceteños en los últimos diez años. De una de nuestras ventanas culturales que abrimos orgullosamente al mundo desde entonces. Regalada por la diosa Fortuna que desbarró a su antojo un imposible viaje a la Tate Gallery de Londres canjeando tan codiciado y oneroso destino por, en principio, un modesto almacén del sindicato Comisiones Obreras en Albacete, en el mismo barrio de la Industria. Hablamos, claro, ya lo habrás adivinado de Mother In Law, la obra póstuma, el cenit del arte chicano, el verdadero acabóse del célebre artista mexicano Leocadio Segarrat.

Mother in Law by Huey Lewis & The News on Grooveshark

En realidad, Segarrat, nacido en 1949 en Topolobampo, pequeño puerto ubicado en el municipio de Ahome en el estado de Sinaloa, México, es descendiente directo de españoles, al menos se conoce  de un español, en concreto del prestigioso oftalmólogo catalán  Idolino Segarrat, vecino desde su infancia de la costera localidad de Blanes (Gerona). El doctor Segarrat fue uno de aquellos destacados y significados republicanos que pudo huir, prácticamente con lo puesto, a bordo del mítico barco Stanbrook con destino a México en el invierno de 1936. Dicha embarcación fue la última que evacuó a miles de refugiados republicanos al finalizar la Guerra Civil desde el Puerto de Alicante. En México, rodeado de ilustres nombres del exilio español que frecuentaba en coloquios, reuniones y cuchipandas el doctor Bertoméu (Luis Buñuel, Rodolfo Halffter, Remedios Varo, Roberto Fernández Balbuena, Sánchez Cantón, Alberti, Renau o Ceferino Colinas), el joven Leocadio, dada esa afinidad y cercanía intelectual que otorgaba el padre y gracias a una educación estrictamente artística que tuvo desde su nacimiento pudo destacar pronto en las artes gráficas y, sobre todo, en el modelado y la figuración de formas hasta llegar a sus últimos y esplendorosos años dedicado completamente a las instalaciones y las performances.

Una de las pocas imágenes que se guardan
del artista mexicano Leocadio Segarrat
El doctor Idolino Segarrat,
padre del artista

Mother in Law. Fragmento
Sucedió que solicitado Leocadio Segarrat por la comisión artística de la Tate Gallery británica en el verano de 2004 para una retrospectiva del arte azteca que iba a mostrarse en el otoño del mismo año en dicho y prestigioso museo londinense, el artista decidió acudir a tan magno acontecimiento cultural con una de sus obras más significativas. Una que fuera  acorde con su relevante personalidad, pensó, una obra que le representara como ninguna otra.
La acababa de crear: su codiciado y reconocido canto a la humanidad Mother in Law,  una importante estructura sólida de chapapote seco y arcilla marmólea de Culiacán, que resultó ser en su montaje final mas bien un poema disparado al viento, con infinidad de interpretaciones y cánticos.
La pieza fue debidamente embalada y facturada desde el pequeño aeropuerto de Topolobampo hacia el continente europeo el 13 de agosto. Lo que nadie pudo prever, como un veleidoso guiño del destino, fue que una vez depositada en la aduana la alhaja y comprobada fehacientemente su tarjeta de embarque, Leocadio Segarrat iba a cruzarse con la antipática guadaña de la suerte, en su caso de la mala, malísima, suerte.

De vuelta a su lujosa mansión en Mazatlán, ya muy entrada la noche, a Leocadio Segarrat se le apareció en plena ruta comarcal la ruina en forma de becerra, de una triste y despistada becerra plantada en la carretera como quien busca la luna al no ver Teruel. El auto, un Lamborghini V12 de importación, salió despedido con el fuerte impacto del animal y empujado por el tremendo impulso fue a parar directamente a la autopista de los venturosos, la de los que esperan turno para otra tarjeta de embarque, en este caso eterna. Desayuno, comida y cena para la infinitud.

El coche accidentado del artista
El pueblo de Mexico le rindió tributo durante cuatro tristes y lacrimógenos días y su memoria, entre numerosas guías y enciclopedias quedó recogida hasta hoy con el nombre actual que ostenta el pequeño aeródromo de Topolobampo: Aeropuerto Segarrat.

Mother in Law. Fragmento
Otro vericueto del azar aún estaba por llegar. Con una Diosa Fortuna, diosa de los azares, venida arriba por el fatal accidente de Mazatlán sucedió lo que nunca debe suceder (y por desgracia ocurre tantas veces): a las tres de la mañana nadie cree una palabra a un sujeto mal vestido (el artista) en la vieja consigna de un pequeño aeropuerto destartalado con un mazacote que en principio, por el peso y la apariencia pudo parecer de alabastro y que aparentaba algo así como un coloso de cualquier mitología griega.

Y ocurrió que en la confusión enviaron el paquetón a un prospero y divertido lugar de la Mancha española en un inverosímil trastrueque con otra facturación que tramitaba en esos instantes el propio aeropuerto, en este caso de un gran sombrero de Chinpalcingo que debía llegar a la sede de un sindicato de trabajadores de la mencionada y placentera ciudad manchega, que no era otra que, adivinaste, Albacete. El güito solicitado a México tenía como destino y objetivo el lucimiento sobre la cabeza del secretario general del sindicato Comisiones Obreras en la cabalgata de nuestra Feria local que debía comenzar unos días más tarde, ya se sabe, el 7 de septiembre, dentro de la conocida y celebrada charanga festiva Los Tupamaros. Así las cosas, la gran obra de Leocadio Segarrat acabó en Albacete y el sombrero de Chinpalcingo en la Tate Gallery de Londres. Azares.

Sombrero de Chinpalcingo


Mother in Law. Fragmento
Nadie pudo entender cómo desapareció del estudio del célebre artista mexicano tremendo mogollón de chapa y arcilla y encima coincidiendo, fatalmente eso sí, con su accidentada y desgraciada muerte. Lo que ocurrió aquel día de todas las vírgenes de España, 15 de agosto, en la sede del sindicato de Comisiones Obreras en Albacete fue la estupefacción, al comprobar que no sólo no habían recibido el codiciado sombrero de  Chinpalcingo sino que a cambio tenían nada más y nada menos que la obra póstuma de Leocadio Segarrat, el altar de los altares de Sinaloa, una obra en boca de medio mundo de las artes que comentaba esos días su desaparición. Al principio, antes de desembalar el tremendo fardo recibido los sindicalistas tampoco daban explicaciones frente a aquel gran bulto mas que sospechoso. Fue un vecino de la calle Los Baños, amigo del asesor de cultura del ayuntamiento de Albacete, quien se dio cuenta del prodigio. Identificó la obra inmediatamente que la vio desempaquetada. Conocía su origen, su trascendencia, su halo de grandeza:

“¡Ostis!, ¡Es la Mother in Law!”, gritó, echándose las manos a la cabeza.
“No digáis nada a nadie”, dijo un guardia inteligente

El 7 de septiembre de aquel venturoso 2004, día mayor en Albacete como todos sabemos, el pleno del ayuntamiento de la ciudad incluyó en el orden del día el punto 46 que ordenaba la instalación definitiva de la inmensa obra de Leocadio Segarrat en la coquetuela y amplia rotonda de nuestra capital que confluía con la calle México, como no podía ser menos y con otras calles emblemáticas de Albacete como Pedro Coca, Lepanto, Dr. Galiacho y, por supuesto,  como especial colofón decorativo en el paseo y bulevar de la Circunvalación.
El colocarla precisamente en la salida de la calle México significaba el mensaje subliminal enviado al más allá por nuestro ediles, que están en todo. Entrañaba un guiño, una pedorreta al destino que había jugado a favor nuestro con las mejores cartas (“Que le den por culo al sombrero de Chinpalcingo”, se oyó decir a uno de los agustinesmoreno municipales).
Londres nunca reclamó la obra claro, porque no acabó de saber qué había pasado con la colaboración del artista mexicano invitado a la expo, aparte del conocimiento internacional que había supuesto el zapatazo que se había dado contra una vaquilla a bordo de su Lamborghini V12 de importación. El sombrero, por cierto,  acabó sobre la cabeza del recordado por todos los republicanos españoles presidente mexicano Lázaro Cárdenas en el Museo de Cera de Madame Tussauds en el londinense circuito de Marylebone Road. Otro guiño del azar, que quiso compensar así el agradecimiento del Albacete republicano a quien hizo tanto por nuestros exiliados.

La gran obra de Segarrat ya estaba entre nosotros.


Mother in Law en la Rotonda de la Circunvalación
Mother in Law. Fragmento


19.1.14

Amanece que no es poco, el clásico


Con motivo de los actos que se están celebrando en torno al 25 aniversario del rodaje y estreno de la película Amanece que no es poco, de José Luis Cuerda, STONE se suma al jolgorio y recupera un escrito publicado hace cinco años en el blog y en el desaparecido diario local La Verdad con alguna que otra confidencia de los protagonistas (incluido el propio Cuerda) sobre el rodaje. Cuestión de escarbar pa´ echarse.  

  

Dos años después de haber conseguido 5 Goyas con la película El Bosque Animado, la siguiente aventura del director de cine albaceteño José Luis Cuerda fue Amanece que no es poco que alcanzó tres nominaciones en los IV Premios Goya (1990). El estreno de Amanece que no es poco fue en Albacete, en 1989, en el entonces vigente Cine Gran Hotel, un caserón en pleno corazón de la ciudad y uno de los viejos bastiones de aquellas generaciones perdidas de la España en blanco y negro, cuya única tabla de salvación cultural de las tardes de domingos de pipas y cacahuetes resultó ser aquel impagable placer de ver películas. No sería casual su estreno precisamente allí. El viejo cine extendió su imponente alfombra roja hasta los ribetes de la plaza del Altozano. Albacete recibía así por primera vez en su historia a toda una tropa de artistas del celuloide gracias al lustroso planteamiento coral que impuso desde el principio el director de la película, aunque para la traca final contara también con innumerables cameos de albaceteños, rescatados de las incipientes escuelas teatrales de Albacete y Elche de la Sierra o conocidos del propio Cuerda; "se portaron todos divinamente", dice ahora el director refiriéndose a nuestros actores y participantes. La película va a cumplir 20 años y acaba de recibir el premio de la Cámara de Comercio de la ciudad por su labor promocional en el país.



Al margen de discernimientos empresariales, es verdad que la película ha rebasado los criterios normales de aceptación y beneplácitos en nuestro país. Su cotización ha ido in crescendo, simultánea al reciente éxito obtenido en España por algunos de nuestros cómicos albaceteños conocidos, la pandilla Chanante, Goyo Giménez o Esperanza Pedreño, que nunca han ocultado su veneración por la cinta de Cuerda e incluso su inspiración verbal y de situación. Para muchos, entre los que me cuento, la película es delirante. Traslada nuestra peculiaridad y nuestra jerga de cantina más arrabalera a la pantalla grande: "¡Me cago en todos tus muertos!, ¡me cago en todos tus muertos uno a uno!, ¡qué tabarra me estás dando virgen santísima!. ¿Pero yo qué te he hecho a ti vamos a ver?", le dice el médico (un albaceteño recordado, Paco Cambres), beodo y destrozado por la infidelidad de su mujer (Queta Claver) a Tirso (Cris Huerta), el cantinero que se había puesto estupendo con algunas plumas ilustres, Pedro Salinas o Konstandinos Kavafis. Porque ésa es la esencia fundamental del guión, Cuerda juega constantemente con las situaciones imposibles, parodia al Albacete profundo de la época de los procuradores en Cortes otorgándole ínfulas pedantes y un nivel cultural francamente elevado.

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Todo lo que rodea a la película es surrealista, pero los es de una manera superlativa, irónica y desternillante. El sol sale por el oeste y los hombres crecen en los bancales, previos cantos castellanos de originales madrigales del Renacimiento. El acercamiento a nuestras costumbres es más gestual que de palabra, pero ambos conceptos se unen a un batiburrillo dialéctico grandilocuente. Sí, también se lo hemos oído alguna vez a los sabios de nuestros pueblos.


Al parecer, se filmó más del doble del metraje final y en éste prevalecieron las escenas donde aparecían "los artistas de Madrid", como hubiera explicado Saza. "Pasa siempre -puntualiza José Luis Cuerda-, en el montaje definitivo se cambia el orden del rodaje y vas reformando sobre la marcha. Incluso hay escenas que no estaban en el guión y que improvisamos, como la del gobernador y su fandango". Daniel Romero, aquel gobernador civil de Albacete lo recuerda ahora: "José Luis y yo nos conocíamos desde hacía bastantes años, de Madrid. En aquellas reuniones con amigos comunes, aparte de hablar de lo divino y lo humano, solíamos cantar. Cuando decidió hacer su homenaje a Albacete que es “Amanece”, dio la casualidad que yo estaba aquí de Gobernador, y enseguida me dijo que contaba conmigo para la película, que ya hablaríamos, y que en ella tendría que cantar algo". Un gobernador civil de los de siempre en un esperpento lírico. Eso es guasa. " Algunos que mandaban mucho no pusieron muy buena cara. Cuando empezó el rodaje, José Luis ya me había pormenorizado casi todas las anécdotas de la película en charlas en que nos hartábamos de reír. José Luis estaba empeñado, e ilusionado, en mostrar al revés la vida de los pueblos albaceteños que había vivido de chico". Daniel Romero atajó una garrota, se puso la boina, la chaqueta de pana y lanzó su diatriba fandanguera sin más: "Llegué a Molinicos muy de mañana vestido “de gobernador” aunque con barba de un par de días, como me había mandado el director, me cambié y me puse la ropa que había preparada. Le dije a José Luis que había decidido cantarle a los que se estaban ahorcando un fandango, acordamos las frases que tenía que decir para entrar y salir y, después de una toma de prueba, grabamos la escena de corrido y una sola vez. Bastó. “Mejor que un profesional”, me dijo.

En el guión original el protagonista es Nge (Samuel Claxton), el negro, el que se casa con la hermana del desaparecido Alberto Bové, actorazo a quien habíamos visto antes en algún Estudio 1 televisivo en blanco y negro o en películas tan reconocidas como Viaje a ninguna parte o Cara de acelga. Nge ya contaba en ése guión las peripecias y vicisitudes de la inmigración en un pueblo de nuestra sierra, "las minorías etnicas" oíamos decir entonces casi por primera vez. En el resultado final Nge se quedó con un papel más de aquel disparate. Bové (su tío Pedro) es que no podía ni verlo, como alude en su inolvidable oda a la calabaza:

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Al albaceteño José María López Ariza le descubrió Cuerda en uno de los casting que hizo con las compañías de teatro locales (en su caso, Cómicos) y le dio el papel de "invasor". "Se enteró de que era concejal del Partido Comunista en la oposición y me asignó ese papel", dice Ariza. Junto con otro compañero del pueblo rebelde acude a la escuela del maestro Don Roberto a supervisar sus planes de estudio, hasta lo visto entonces impecables. Don Roberto se irrita por la falta de libertades y proclama su enojo colocándole a los chiquillos un examen sobre las ingles en el cuerpo humano absolutamente insólito. Al acabar el enunciado del examen, Ariza, armado de escopeta de caza, avanza hacia el maestro y le propina un humillante revés: "Repetimos la escena varias veces y Paco Hernández, el actor, me dijo que me diera prisa, que aunque le tuviera que dar en la cara que no me cortara, que le estaban esperando para unas chuletas"

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A la soprano Elisa Belmonte le llamaron por orden expresa de Cuerda a Guatemala, donde se hallaba dando una serie de conciertos. "Tienes que hacer de animadora de la taberna", le dijo el director. Elisa preparó algunas antiguas canciones de café de tinte lorquiano, pero José Luis Cuerda insistió en que quería que cantara a Puccini y Haendel. La soprano albaceteña preparó con el prestigioso maestro Manolo Gas las grabaciones en un estudio de Madrid y Cuerda las desarregló después a su manera, "quería que sonaran sin ecos ni exquisiteces -dice ahora Elisa- y además que las cantara con un maquillaje que yo pareciera diez años mayor. Un técnico me felicitó por lo bien que me había salido el play-back. No se creía que era yo misma la que sonaba en la taberna".



El tiempo ha curtido el recuerdo en los aficionados al cine no necesariamente taquillero, para los que Amanece que no es poco es considerada una película de culto, llamadas así a aquellas que sin tener un éxito significativo en su estreno si lo consiguen muchos años después y guardan alguna peculiaridad especial. Amanece que no es poco la tiene. Es la fantasía enloquecedora de un director que sabe jugar las cartas que le envía la inspiración. Ayer fue la Santa Compaña o La Lengua de las Mariposas, hoy La Educación de las Hadas, mañana Los Girasoles Ciegos. Un conocido político albaceteño de derechas proclamaba hace unos días en el convite de una comunión: "la película Amanece que no es poco es una ordinariez y Cuerda también"; el ideario de ése político actualmente sigue siendo contingente, pero ya no es necesario.


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El Brillo de los Días. Publicado en el diario La Verdad de Albacete. 23/11/2008

16.1.14

Gold Lake y Amnistía Internacional


Hola a todos, somos Gold Lake  y
durante un tiempo habíamos querido añadir nuestro humilde grano de arena al maravilloso trabajo de Amnistía Internacional así que nos metimos en el estudio con nuestros amigos y grabamos una de nuestras canciones favoritas de uno de los mejores grupos de los 60. Este video lo dedicamos al trabajo incesante de Amnistía Internacional en el cuidado de los derechos humanos de las personas emigrantes que huyen de sus países en guerra solo para encontrarse con un frío muro de incomprensión por parte de las instituciones Europeas. Ayudanos a ayudarles, comparte el vídeo y hazte amigos de ellos en su Twitter @amnestiaespana y su Facebook



1.1.14

Chick Corea, vuelta a la vigilia


En su nueva obra el pianista rescata los sonidos de Return to Forever



Incluido Stanley Clarke, que anda como músico invitado en esta especie de flash-back que el pianista de Massachusetts ha paseado durante el pasado año por medio mundo. Corea se encuentra en forma, con un impecable aspecto fisico y echando mano, fiel a su estilo, de la familia (mujer -Gayle Moran- y suegra) integrándola tambien en la fiesta. The Vigil es su nuevo espectáculo, que consiste como mayor novedad en recuperar la memoria de aquella banda inolvidable, Return to Forever, intento que han repetido en los ultimos años viejos integrantes del grupo como Clarke y el batería Lenny White . Con ellos, con Return to Forever, empezó la gran aventura del jazz electrónico (algunos le llamaron jazz-rock) en los setenta del siglo pasado, peripecia iniciada un poco antes por Miles Davis, del que Corea supo cuidar apuntes. Ahora, después de tanta vicisitud y tanta experimentación (y tantos años) le ha venido la morriña.
The Vigil suena vigoroso, tanto en disco como en vivo (existen los documentos de Vitoria, Vienne, Brno...), impecablemente sonorizado con músicos que suplen con solvencia los papeles antaño interpretados por Joe Farrell,  Bill Connors, Airto Moreira,  Al Di Meola y hasta si se me aprieta Paco de Lucía, que aunque no figuró nunca en la banda sí se incorporaría poco después a las formaciones habituales de Corea.

Tim Garland (saxos tenor y soprano, clarinete bajo y flauta), Charles Aura (guitarras), Hadrien Feraud (bajo), Marcus Gilmore (bateria) y los invitados: Pernell Saturnino (percusión), Gayle Moran Corea (vocal), Stanley Clarke (bajo) y Ravi Coltrane (saxo) componen el elenco del disco y en su mayoría de las giras efectuadas a lo largo del año que acaba. Recuperar aquellos sonidos (y casi la portada del Romantic Warrior) en perfecto estado de revista es como recuperar años y las propias correrías de cada uno. Un chute, necesitado, de aire fresco.